La Patagonia Rebelde
La Patagonia Rebelde Dispara. El primer tiro en el pecho. Varela gruñe como un animal herido, arrastra su sable como si pudiera aún revertir lo inevitable. El segundo tiro le atraviesa la yugular. El resto completa la ejecución. Varela se desploma, enroscado al árbol que no pudo salvarlo.
Las mujeres gritan. Algunos hombres huyen. Otros, petrificados. La esposa de Varela, al oÃr la explosión, sale a la calle. Lo encuentra muerto, tendido entre sangre y esquirlas, como un animal expuesto.
Wilckens, herido, intenta alejarse. Su andar es grotesco, sus piernas rotas no le permiten más que arrastrarse hacia la calle Santa Fe. Dos vigilantes lo alcanzan: Adolfo González DÃaz y Nicanor Serrano.
—He vengado a mis hermanos —dice Wilckens, entregando su revólver con la culata hacia ellos.
Serrano no responde con palabras. Le rompe la boca de un golpe y lo remata con un rodillazo en la entrepierna.
Asà comienza La Patagonia Rebelde . No en los campos, sino en la ciudad. No con discursos, sino con sangre. Un acto individual abre la puerta a una historia colectiva. A un grito que habÃa sido silenciado por el viento del sur, y que ahora, gracias a una bomba, encuentra su eco en las calles de la capital.
