Amores - Arte de Amar - Sobre la Cosmetica del rostro - Remedios contra el amor

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45Y no te paso por alto a ti, que rodando a través de horadados peñascos riegas las vegas de la argiva Tíbur[43] y haces crecer los frutales, tú, a quien Ilia[44] agradó, a pesar de mostrarse desaliñada en su atavío y haberse arrancado el pelo con las uñas y con las uñas arañado las mejillas. Ella, deplorando entre sollozos la injusticia de su tío[45] 50y el delito de Marte[46], vagaba con los pies descalzos por parajes solitarios. La vio el Anio[47] desde sus rápidas ondas de las que estaba orgulloso y del medio de la corriente levantó su voz ronca y dijo así: «¿Por qué pisas angustiada mis riberas, Ilia, linaje de Laomedonte del Ida?[48], 55¿a dónde se esfumó tu atavío?, ¿por qué deambulas solitaria, sin que una cinta blanca te sujete los cabellos recogiéndolos?, ¿por qué lloras, afeando con lágrimas tus ojos húmedos, y te golpeas furiosa el pecho con la mano abierta? 60Tiene sílex y hierro puro en el corazón aquel que sin inmutarse contempla lágrimas en un rostro delicado. Ilia, abandona tus temores: para ti se abrirá mi palacio y los ríos te honrarán; Ilia, abandona tus temores[49]. Tú serás soberana en medio de cien o más ninfas, pues cien o más ninfas habitan en mi corriente. No me desprecies, sólo eso 65te pido, vástago de Troya. Tendrás regalos aún más abundantes que mis promesas.»



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