Cartas de las heroinas - Ibis
Cartas de las heroinas - Ibis Mi padre Icario me exige que abandone mi cama de viuda, y no deja de maldecir tu[45] incomprensible demora. ¡Que maldiga todo lo que quiera! Soy tu mujer y así se me debe llamar: «yo, Penélope, seré siempre la esposa de Ulises»[46]. Pero al final él se conmueve por mi fidelidad y mis pudorosos 85 ruegos y entonces por su cuenta pone freno a sus arrebatos. Me rodean un tropel de libertinos duliquios, samios, otros que son de la alta Zacinto, que me acosan, que mandan en tu palacio sin que nadie pueda impedirlo; destrozan 90 tu patrimonio y con él mi corazón. ¿Para qué contarte de Pisandro, de Pólibo, y del cruel Medonte, y de las codiciosas manos de Eurímaco y Antínoo[47], y de todos los que estás alimentando con riquezas que te han costado sangre, por culpa 95 de tu vergonzosa ausencia? Hasta Iro el mendigo y Melando, el que llevaba a apacentar el ganado, se suman a tu perdición, el colmo ya de tu deshonra. Nosotros somos tres seres indefensos: tu esposa, una débil mujer, Laertes, un anciano, y Telémaco, un niño. Al chico han estado a punto 100 de matármelo estos días atrás en una conspiración, por intentar ir a Pilos, contra el parecer de todos. ¡Que los dioses concedan, yo se lo pido, que, sucediendo por su orden nuestras muertes, cierre él mis ojos, y cierre también los tuyos! Lo mismo ruegan el boyero y la vieja nodriza, y, el tercero, 105 el fiel encargado de la pocilga[48]. Pero Laertes, como hombre que ya no está para empuñar armas, no es capaz de sostener el gobierno, rodeado de enemigos; a Telémaco le llegará, si conserva la vida, la hora de ser hombre, pero por ahora necesitaría la ayuda de su padre para conservarla. Tampoco yo tengo fuerzas para echar de palacio a los 110 enemigos; ¡tienes que venir tú, nuestro puerto y nuestro altar de salvación! Aquí tienes a tu hijo, y quieran los dioses que lo conserves, que en sus tiernos años debía estar aprendiendo todo lo que su padre pudiera enseñarle. Piensa también en Laertes: él retrasa su última hora tan sólo para que tú le 115 cierres los ojos. Y yo a mi vez, que era una muchacha cuando me dejaste, por muy pronto que vengas parecerá que estoy ya hecha una vieja.