Cartas de las heroinas - Ibis

Cartas de las heroinas - Ibis

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Y ahora, por culpa de este salvaje que lucha por una causa injusta, de nuevo[417], Cidipe, va hacia ti un mensaje 175mío. Por su culpa estás tú enferma y te mira con malos ojos Diana; no seas tonta y prohíbele a ese hombre que entre por tu puerta. Por culpa de ése corre tu vida tan cruel peligro, y ojalá que él, no tú, sea la víctima de los peligros que él provoca. Si te libraras de él y no amaras a quien la diosa condena, en ese mismo instante te volvería a ti la salud, y a mí, seguro, también. Deja atrás el miedo, niña, y tendrás una salud duradera; tú sólo tienes que honrar el templo de nuestra cómplice la diosa. No por el sacrificio del buey se alegran los dioses celestiales, sino del cumplimiento de la palabra185 dada, incluso si no hay testigos. Para curarse, otras tienen que padecer el hierro y el fuego; a otras da triste ayuda la amarga medicina. Nada de eso hace falta aquí; sólo tienes que guardarte del perjurio, y con eso te salvarás tú, me salvarás a mí, y también la palabra dada. Tu ignorancia justificará190 tu pasada culpa: el compromiso que leíste se te fue de la memoria. Pero te lo recuerdan tanto mis palabras como esas recaídas que sueles sufrir cada vez que intentas engañarme. Aunque estas últimas no te afectaran ¿no le rogarás a ella[418] en el parto para que te asistan sus manos 195alumbradoras? Escuchará estas plegarias, pero, recordando otra cosa que también oyó, ella te preguntará de qué marido viene ese hijo. Le harás una promesa; pero ella sabe que tú prometes en falso; le harás un juramento, pero ella sabe que tú puedes engañar hasta a los dioses. No hablo por mí. Me preocupan 200cosas más importantes. En mi corazón siento angustia por tu vida. ¿Por qué hace poco te lloraban tus padres, aterrados de verte en peligro, pues no saben por ti una palabra de tu pecado? ¿Y por qué no saben nada? Debes contárselo todo a tu madre; en lo que has hecho, Cidipe, no hay nada de que avergonzarse. Cuéntale por su orden cómo te conocí yo205 primero, mientras ella le hacía un sacrificio a la diosa de la aljaba[419]; cómo me quedé pasmado cuando te vi de pronto (no sé si lo notaste), clavados mis ojos en tu cuerpo, y cómo, mientras te miro extasiado, se me resbaló la capa de los hombros, signo cierto de mi mal de amores; cómo llegó210 después, no sé por dónde, una manzana rodadora, que llevaba las palabras traicioneras escritas en doctos trazos; y que por haberla leído en presencia de la santa Diana, tu palabra está comprometida por tener una diosa como testigo. Y para que no ignore el contenido de aquel escrito, repítele215 las palabras que leíste aquel día. Y ella te dirá: «Cásate, te lo ruego, con quien te ha unido de buena gana el poder divino; sea mi yerno el que juraste que lo sería. Me gustará, sea quien sea, porque antes le ha gustado a Diana». Así será220 tu madre, si es madre de verdad. Pero que también se ocupe de averiguar quién soy y de qué condición: y se dará cuenta de que la diosa os asiste.


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