Cartas de las heroinas - Ibis
Cartas de las heroinas - Ibis 75 Ojalá también Helena sufra así y llore como esposa abandonada, y lo que me ha hecho a mí primero, lo soporte también ella. Las que a ti te vienen bien ahora son las que son capaces de seguirte por el mar abierto y de abandonar a sus legítimos esposos. En cambio cuando eras pobre y no 80 eras más que un pastor que cuidaba ganados, no había otra esposa que Enone para casarse con un pobre. Yo no me embeleso con las riquezas, ni me dice nada tu palacio, ni que se me cuente como una de las muchas nueras de Príamo, pero tampoco creo que a Príamo le pesara ser el suegro de una ninfa, ni que Hécuba tuviera que disimular que yo fuera 85 su nuera. Tengo méritos y deseos de ser esposa de un hombre poderoso; y mis manos podrían sostener con dignidad el cetro. No me desprecies porque me acostara contigo sobre hojarascas de haya; me va mejor un lecho de púrpura. Por 90 último, mi amor es seguro; no te expones por él a guerras ni por culpa de ese amor transporta el mar flotas vengadoras. Armas hostiles reclaman a la Tindárida fugitiva; ella viene a tu tálamo orgullosa de esa dote. Pregúntales a tu hermano Héctor, o Polidamante a la vez que a Deífobo, si creen que 95 la debes devolver a los dánaos; mira a ver qué te aconseja el sabio Anténor, o el propio Príamo, cuyas largas vidas son su mejor maestra. Indignos rudimentos[140] poner a una secuestrada por delante de la patria. Tu causa es la vergonzosa: justa la guerra que declara el marido. Y si eres listo, no te hagas ilusiones sobre la fidelidad de esa laconia, que tan 100 rápido ha caído en tus brazos. Lo mismo que el más joven de los Atridas clama a voces por la violación del pacto conyugal y sufre la herida de un amor extranjero, igual clamarás tú. Porque no hay medicina[141] que repare las heridas de la honestidad: muere a la primera. Ahora se abrasa por tu 105 amor; también quiso así a Menelao; y ahora aquel ingenuo se desespera en su lecho vacío. Qué suerte tuvo Andrómaca, tan bien casada con un marido seguro; así debiste hacerme tú tu esposa, siguiendo el ejemplo de tu hermano. Pero tú eres más voluble que esas hojas secas que vuelan, sin el 110 peso de la savia, al capricho de los vientos. Y eres más vano que la raspa de una espiga, que no pesa nada, de haberse quemado y endurecido de tanto sol. Todo esto me lo profetizaba antaño tu hermana[142] (ahora recapacito), con la melena suelta, y éste fue su vaticinio: «¿Qué haces, Enone? 115 ¿Por qué confías tus semillas a la arena? Estás arando playas con bueyes improductivos. Se acerca una novilla griega que va a ser tu perdición, la de tu patria y la de tu casa. ¡Oh, impídelo! Se acerca una novilla griega. Hundid en el mar ahora que se puede ese barco infame: ¡ay, qué de sangre 120 frigia va en ese barco!». Así habló; sus doncellas se la llevaron en medio de su arrebato, mientras a mí se me erizaba el rubio pelo. ¡Ay, qué dolorosamente verdadera me ha resultado tu profecía! ¡Ay! Una novilla griega se ha hecho dueña 125 de mis sotos. Aunque su belleza no tenga parangón, no es más que una adúltera, que ha abandonado sus dioses del matrimonio por amor de un extranjero. Antes la había secuestrado de su patria Teseo, creo que así se llamaba, un tal Teseo la había secuestrado antes. ¿Puede creerse que volvió 130 virgen de manos de un hombre joven y ardiente? ¿Que por qué estoy tan segura de eso? ¡Porque estoy enamorada! Puedes decir que se le hizo violencia para ocultar con ese nombre su falta, pero la que secuestran tantas veces es porque se deja secuestrar.