Cartas de las heroinas - Ibis

Cartas de las heroinas - Ibis

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Pero Enone sigue casta para el adúltero de su marido, pudiendo haberte engañado siguiendo tus propias normas: 135 mientras me escondía al abrigo de la espesura, me buscaron corriendo los ágiles sátiros, horda lasciva, y Fauno, que lleva la cabeza y los cuernos coronados con agujas de pino, en las descomunales sierras donde el Ida se abomba. También me amó el ilustre tañedor de la lira, el que amuralló 140 Troya[143]; él se llevó el trofeo de mi virginidad. No sin luchar por ella; a arañazos le arranqué mechones de pelo, y con las manos le herí también la cara. Y no le pedí oro ni gemas como pago del estupro, porque es afrentoso que se 145 compre con regalos un cuerpo noble. Él mismo me juzgó digna de enseñarme la ciencia de la medicina, y consintió que mis manos recogieran sus favores. Cualquier hierba que tenga poder de curar, cualquier raíz que sirva de alivio, donde quiera que nazca en el mundo, es mía. ¡Ay de mí, que 150 el amor no se cura con hierbas! ¡Profeso una ciencia que a mí misma me falla! Cuentan que el inventor de la medicina apacentó las vacas de Feras, y sufrió la herida de mi mismo fuego. El auxilio que no pueden ofrecerme ni la tierra, fecunda en producir hierbas, ni el dios, me lo puedes prestar tú.




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