Cartas de las heroinas - Ibis
Cartas de las heroinas - Ibis ¡Oh! ¿Dónde está la fidelidad que juraste? ¿Dónde las leyes del matrimonio, y la antorcha que más valdrÃa que fuera a prender la pira funeraria? No he sido tuya por adulterio. Fue en presencia de Juno Prónuba y de Himeneo, al 45 que una guirnalda le ciñe la frente. Pero no ha sido Juno, ni Himeneo, sino la siniestra Erinia, manchada de sangre, la que me precedió con sus funestas antorchas: ¿Y qué me importan a mà los Minios, o el barco de la Tritónide, o qué tienes tú que ver, capitán Tifis[145], con mi paÃs? Aquà no estaba 50 el atractivo carnero con su vellón de oro, ni Lemnos era el reino del viejo Eetes. Yo estaba decidida al principio —pero me arrastraba un cruel destino— a expulsar el cuartel extranjero con mi ejército de mujeres, y demasiado bien que saben las mujeres lemnias[146] vencer a los hombres: ¡ojalá me hubiera salvado la vida[147] un ejército tan poderoso! 55 Vi a un hombre en mi ciudad, y lo acogà en mi casa y en mi pecho. Aquà pasaste dos veranos y dos inviernos. Era por tercera vez tiempo de cosecha cuando, viéndote obligado a zarpar, llenaste de lágrimas estas palabras: «Se me arranca de aquÃ, HipsÃpila. Pero ojalá el destino permita mi 60 regreso; salgo de aquà como esposo tuyo y esposo tuyo seré siempre. Que viva lo que de nosotros guarda tu grávido vientre, y seamos tú y yo sus padres». Fueron tus palabras, y me acuerdo que las lágrimas que caÃan en tu boca mentirosa no te dejaron seguir. Subiste el último de la tripulación 65 a la santa Argo; la nave vuela; el viento ocupa las combadas velas. La onda celeste pasa debajo de la quilla impetuosa: tus ojos escrutan la tierra, los mÃos, las aguas.