Cartas de las heroinas - Ibis

Cartas de las heroinas - Ibis

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Dale un corto respiro a tu crueldad y a la del mar[163] y tendrás como gran recompensa de tu demora un viaje seguro.75 Y no te apiades de mí: ¡apiádate de Julo, tu hijo[164]! Ya es bastante con que te lleves la gloria de haberme matado a mí. ¿Qué mal merece tu hijo Ascanio? ¿Qué mal merecen los dioses Penates? ¿Van a tragarse las aguas a los dioses que se libraron del incendio[165]? Pero no es verdad que los llevas contigo, ni es verdad, aunque presumas ante mí de eso, mentiroso, que ni tu padre ni tus dioses descargaran su80 peso sobre tus hombros. Todo te lo has inventado, y tu boca no ha empezado conmigo a decir mentiras, ni soy tu primera víctima. Si alguien pregunta dónde está la madre del hermoso Julo: ha muerto sola, abandonada por su cruel marido. Me lo habías contado tú, eso me había conmovido y me lo85 merezco, por eso menor será tu castigo que tu culpa. No me cabe ninguna duda de que tus dioses te están castigando: éste es el séptimo invierno que eres juguete de los mares y las tierras. Yo te recibí en varadero seguro cuando te echaron las olas y sin haber oído apenas quién eras te entregué90 mi reino. ¡Y ojalá me hubiera contentado con hacerte esos servicios, y se hubiera ido conmigo a la tumba el rumor de nuestra coyunda! Me perdí el día en que una oscura nube con lluvias repentinas nos empujó a resguardarnos bajo la oquedad de una cueva. Yo había oído unas voces que95 interpreté como el ulular de las ninfas; pero no eran sino las Euménides dando su señal para mi muerte[166]. ¡Exige venganza, honor herido, y también tú, juramento de boda violado, [y tú, mi buen nombre, que no me has acompañado al sepulcro! ¡También vosotros, alma y cenizas de Siqueo, que sois mis Manes], con las que me reúno llena de100 vergüenza, oh, desgraciada! Tengo yo a mi Siqueo consagrado en capilla de mármol cubierta de frondas por delante y de blancas lanas. De allí sentí que salía una voz conocida, y que me llamaba cuatro veces; era él quien en un débil susurro me decía: «Ven, Elisa». Ya voy, ya voy sin demora,105 porque te pertenezco como esposa, pero ando despacio por la vergüenza de haber perdido la honra. Perdona mi pecado: me ha engañado el hombre adecuado: él disminuye lo odioso de mi falta. Por ser su madre una diosa y su padre un buen anciano,110 piadosa carga para un hijo, abrigué la esperanza de que fuera por siempre mi legítimo esposo. Si tuve que equivocarme, la equivocación tiene causas honestas, y si le sumas su palabra, es un error que por ningún lado puede reprocharse. La antigua tendencia de mi destino se obstina hasta el final, y prosigue hasta los últimos momentos de 115 mi vida. Mi marido ha muerto sacrificado junto a los altares domésticos[167], y mi hermano tiene la gloria de ese horrible crimen; me marcho al exilio y tengo que dejar mi patria y las cenizas de mi esposo y la persecución del enemigo[168] me arrastra a duros caminos; arribo a tierras desconocidas, tras 120 escapar de mi hermano y del mar, y compro esta playa que te he regalado a ti, perjuro. Fundé esta ciudad y tracé estas murallas que se extienden a lo lejos, que son la envidia de los pueblos colindantes. Estallan guerras. Me acosan con guerras, siendo yo mujer y extranjera, y apenas puedo 125 preparar los rudos portalones y el ejército de la ciudad. Gusté a mil pretendientes que se han unido en la queja de que, por delante de sus lechos, haya puesto yo a un desconocido. ¿Por qué dudas en entregarme atada a Yarbas el gétulo? Yo sometería mis manos a tu crimen. También está mi hermano,130 que ansía rociar de mi sangre su impía mano, que ya se manchó antes con la de mi marido. ¡Suelta los dioses y los sagrados objetos que al tocar profanas! No honra bien a los dioses una diestra impía. Si tú ibas a encargarte del culto de los dioses que escaparon del fuego, les pesa a ellos haber salido de las llamas. Hasta es posible, mal hombre, que 135 abandones a una Dido embarazada[169] y que una parte de ti se oculte encerrada en mi cuerpo. Se sumará un pobre niño al destino de su madre y serás el autor de su muerte antes de su nacimiento. Con su progenitora morirá el hermano de Julo, y un mismo castigo nos llevará unidos a él y a mí. «Pero un dios[170] ordena que te vayas»: ojalá que te hubiera prohibido llegar y que los teucros no hubiesen puesto sus pies en 140 tierra púnica. Así que es por la tutela de ese dios por lo que te zarandean vientos contrarios y por lo que pierdes tanto tiempo en el mar tempestuoso. Ni siquiera te merecería la145 pena dirigirte a Pérgamo con tanto trabajo, aun si Pérgamo siguiera siendo tan grande como cuando vivía Héctor. Pero no te diriges al patrio Simunte, sino a las aguas del Tíber; así que cuando llegues adonde deseas serás un extranjero, y como la tierra que buscas se esconde de ti y esquiva con disimulo a tus naves, la alcanzarás si acaso cuando seas viejo.150 Déjate ya de rodeos y acepta mejor como dote estos pueblos y las riquezas de Pigmalión que he traído conmigo. Mejor será que traslades Ilión a esta ciudad tiria y que tengas el poder y el santo cetro de rey. Si sientes en el corazón deseos155 de guerra, si Julo busca un triunfo nacido de sus victorias, yo le encontraré un enemigo al que ganar, para que no le falte nada; que en este lugar caben las leyes de la paz y cabe también la guerra. Pero tú —por tu madre, por las armas de tu hermano, que son las flechas, por los dioses sagrados de 160 Dardania, que fueron tus compañeros de destierro: así ganen los miembros de tu pueblo que traes contigo, y así sea esa cruel guerra el límite de tu desgracia; y así Ascanio viva sin contratiempos los largos años que le corresponden y así los huesos del anciano Anquises reposen tranquilos—, ten piedad, por favor, de esta casa que se entrega a tu dominio.165 ¿Pues de qué crimen me acusas, sino de haberte amado? No soy de Ftía, ni he nacido en la gran Micenas ni se han alzado contra ti mi padre y mi hermano. Si te da vergüenza que sea tu mujer, que se me llame tu huésped en vez de 170 tu esposa; mientras sea tuya, Dido soportará ser lo que haga falta. Yo conozco los mares que baten la costa africana; son fijas las fechas en que dan paso o lo niegan: pon las velas a merced de los vientos cuando la brisa te de paso, porque 175 ahora las finas algas retienen la nave varada. Encárgame que observe el tiempo: marcharás más seguro, y yo me encargaré de que no te quedes, aunque lo desees. Tus camaradas también necesitan descanso, y la flota, estropeada y a medio reparar, exige una corta demora. Por cuanto he hecho 180por ti, y por lo que aún pueda hacer, y por mis esperanzas en nuestro matrimonio, es poco tiempo lo que pido: mientras se calman los mares y mientras la práctica entibia nuestro amor aprenderé a soportar las desgracias con valentía.


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