El arte de amar
El arte de amar He aquà que el César se prepara para, anexionarse lo que falta por conquistar del orbe: ahora, Oriente remoto, serás nuestro. Parto, sufrirás el castigo. ¡Alegraos vosotros, Craso y compañeros que leo estáis ya 180enterrados[29], y vosotras, enseñas que sufristeis en mala hora las manos de los bárbaros! Aquà está vuestro vengador, y promete ser general desde sus primeros años y, aunque sólo es un muchacho[30], lleva con acierto una guerra difÃcil de dirigir para un muchacho. Vosotros, los temerosos, dejad de contar los cumpleaños de quienes son dioses: a los Césares el valor les ha venido antes de su tiempo. Un talento celestial, que llega más aprisa que 185sus años, se manifiesta en ellos y no soporta las pérdidas ocasionadas por un perezoso retraso. Muy pequeño era todavÃa el héroe de Tirinto cuando estranguló con sus propias manos a dos serpientes[31], y ya en la cuna era digno de su padre Júpiter. Y tú que todavÃa hoy eres un niño, Baco, ¡qué grande fuiste entonces, cuando la India sometÃ190da tuvo miedo de tu tirso! Con iguales auspicios y valor que tu padre harás la guerra, muchacho, y vencerás con igual valor y auspicios que tu padre. Tal es el aprendizaje que te conviene a la sombra de un nombre de tanta categorÃa, tú que eres ahora el prÃncipe de los jóvenes y después lo serás de los mayores. Puesto que tienes hermanos, 195venga la ofensa que se les ha inferido, y puesto que tienes padre, defiende sus derechos. Aquél, que fue progenitor tuyo y de la patria, te revistió con las armas, pero el enemigo arrebata el imperio contra la voluntad de tu padre. Tú empuñarás dardos piadosos, él flechas criminales; la justicia y la piedad estarán de pie delante de tus en200señas. En cuanto a la causa de la guerra vencemos a los partos, venzámoslos también con las armas: ¡que mi general añada al Lacio las riquezas orientales! ¡Padre Marte y padre César, dad vuestro apoyo al que emprende la marcha! pues de vosotros dos, tú eres un dios y tú lo serás. Éste es mi augurio: vencerás, yo escribiré los versos que 205tengo ofrecidos y mi boca te cantará con grandilocuencia. Te detendrás y darás órdenes a la tropa con palabras mÃas. ¡Que mis palabras no queden por debajo de tu valentÃa! Cantaré la huida de los partos y la acometida de los roma210nos, y las flechas que lanza el enemigo desde su caballo sobre el que monta al revés. Tú que huyes para vencer, parto, ¿qué dejarás al vencido? Ya desde ahora, parto, tu forma de hacer la guerra presenta malos augurios. De modo que llegará el dÃa aquel en que tú, el más hermoso del mundo, irás vestido de oro en un carro tirado por cua215tro caballos blancos como la nieve[32]. Irán delante de ti los reyezuelos llevando en su cuello el peso de las cadenas para que no puedan ya, como antes, ponerse a salvo con la huida.