Metamorfosis
Metamorfosis Al ver esto en el agua, que estaba otra vez clara, no puede soportarlo más: como se derrite la cera dorada al calor de una leve llama, como se disuelve el rocío de la mañana cuando lo calienta el sol, así, desgastado por el amor, se consume y es devorado poco a poco por un fuego oculto. En su tez ya no se mezclan la candidez y el rubor, ya no tiene ese vigor y esa fuerza que hace poco despertaban admiración, ni tampoco queda ya el cuerpo del que Eco se había enamorado. Ésta, no obstante, se afligió al verle así, aunque aún recordaba, airada, lo sucedido, y cuantas veces el desgraciado joven exclamaba «¡Ay!», «¡Ay!» repetía ella una y otra vez, y cuando Narciso golpeaba su cuerpo con sus manos ella reproducía el sonido de sus golpes.