Metamorfosis

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»Y he aquí que ella regresa, aunque aún asustada, pues no quiere defraudar a su amado, y le busca con los ojos y con el corazón, ansiosa por contarle de qué peligros ha escapado. Aunque reconoce el lugar y la forma del árbol, el color de los frutos la hace dudar: no está segura de que sea la misma planta. Mientras duda, ve un cuerpo tembloroso agitarse sobre el suelo cubierto de sangre: retrocede y, con el rostro más pálido que la madera de boj, se estremece como se estremece el agua del mar cuando una brisa leve roza su superficie. Pero cuando después de un momento reconoce a su amado, entonces se golpea con sonoras palmadas los brazos, que no merecen tales golpes, y arrancándose el cabello abraza el cuerpo de Píramo, colma de lágrimas sus heridas, mezclando la sangre y el llanto, y besando su rostro helado exclama: “Píramo, ¿qué desgracia es la que te arranca de mi lado? ¡Píramo, contesta! ¡Es tu amadísima Tisbe quien te llama! ¡Escúchame, levanta tu rostro inerte!”. Al oír el nombre de Tisbe, Píramo levantó los ojos, sobre los que ya pesaba la muerte, y tras mirarla los volvió a cerrar. Cuando Tisbe reconoció su velo y vio que la espada no estaba en la vaina de marfil, exclamó: “¡Tu propia mano y tu amor han acabado contigo, infeliz! Pero también yo tengo una mano firme, por lo menos para esto, y tengo amor: él me dará fuerzas para herirme. Te seguiré en la muerte, y de mí, desdichada, dirán que fui causa y compañera de tu fin; y tú, que sólo habrías podido ser arrancado de mi lado con la muerte, tampoco en la muerte te separarás de mí. Pero quiero que vosotros, infelices padres míos y de él, escuchéis este ruego que ambos os hacemos: no neguéis a quienes estuvieron unidos en un amor verdadero y en los últimos instantes de la vida que reposen en el mismo sepulcro. ¡Y tú, árbol que ahora recubres el infortunado cuerpo de uno, y que pronto recubrirás los cuerpos de ambos, conserva un testimonio de nuestra desgracia y ten siempre frutos oscuros, del color del luto, en recuerdo de la sangre que vertimos los dos!”. Así dijo, y colocando la espada bajo su pecho se dejó caer sobre el filo, que aún estaba caliente de sangre. Sus ruegos, sin embargo, conmovieron a los dioses y a sus padres: en efecto, el color de los frutos, cuando maduran, sigue siendo negro, y lo que quedó de la pira reposa en una sola urna».


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