Metamorfosis

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Hay un camino en las alturas que se ve cuando el cielo está sereno: recibe el nombre de Vía Láctea, y destaca por su misma blancura. Éste es el camino que recorren los dioses para dirigirse a la mansión del gran Tronante[20], al palacio del rey de los dioses. A derecha e izquierda los templos de los dioses más ilustres reciben culto con las puertas abiertas de par en par. La plebe habita dispersa en otros lugares, y delante han establecido sus penates los más nobles y poderosos de los dioses. Se trata de un lugar al que, si me atreviera a utilizar palabras audaces, no dudaría en llamar el Palatino[21] del gran cielo. Así pues, cuando los dioses se hubieron sentado en el marmóreo aposento, el propio Júpiter, desde un lugar encumbrado y apoyándose en su cetro de marfil, sacudió tres y cuatro veces su terrible cabellera, haciendo temblar la tierra, el cielo y las estrellas. Después, indignado, rompió a hablar de esta manera: «Nunca estuve más preocupado por el dominio del mundo, ni siquiera cuando todos los seres de piernas serpentiformes[22] se disponían a apoderarse del cielo apresándolo con sus cien brazos. De hecho, por muy fiero que fuese el enemigo, aquella guerra venía de un solo grupo y tenía un solo origen. Ahora, en cambio, me veo obligado a destruir a todo el género humano, a lo largo y ancho de toda la tierra que rodea el fragoroso Nereo[23]. Lo juro por los ríos del infierno que fluyen bajo tierra en el bosque estigio: antes lo hemos intentado todo. Pero cuando un miembro del cuerpo no se puede curar, hay que amputarlo con la espada, para que no afecte a la parte sana. Hay bajo mi autoridad semidioses, divinidades rurales, Ninfas, Faunos, Sátiros y montaraces Silvanos[24] a los que, aunque todavía no les hemos concedido el honor de habitar en el cielo, por lo menos debemos permitirles que habiten las tierras que les hemos dado. Y, ¿acaso creéis, oh dioses, que iban a estar seguros cuando a mí mismo, señor del rayo y de todos vosotros, Licaón, cuya crueldad es de todos conocida, me ha tendido sus insidias?». Todos se estremecieron, y con el ánimo encendido pedían la muerte del que tanto había osado; de igual manera, cuando una mano impía se ensañó para extinguir el nombre de Roma con la sangre del César[25], el género humano se quedó aturdido ante el profundo terror de aquella súbita desgracia, y el mundo entero se llenó de horror; y no fue menos grata para ti, oh Augusto, la devoción de los tuyos, de lo que lo fue aquélla para Júpiter. Cuando aquél hubo acallado los murmullos con la voz y con un gesto de la mano, todos guardaron silencio. Una vez que el clamor se hubo apagado, reprimido por la autoridad del rey, Júpiter volvió a romper el silencio con estas palabras: «No os preocupéis por eso, aquél ya ha pagado su culpa. No obstante, os explicaré qué maldad cometió y cuál fue mi venganza.


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