Metamorfosis

Metamorfosis

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»La infamia de estos tiempos había llegado a mis oídos; con la esperanza de que no fuera verdad desciendo del Olimpo y, dios con semblanza humana, recorro la tierra. Sería demasiado largo enumerar la cantidad de delitos que encontré por todas partes: la realidad superaba a las infamias que se contaban. Había atravesado el Ménalo, espantoso escondrijo de fieras, y junto con el Cilene también los pinares del gélido Liceo[26]; tras ello entré en la sede, en la inhóspita morada del tirano de Arcadia, cuando ya el crepúsculo daba paso a la noche. Di señales de que había llegado un dios, por lo que el pueblo empezó a rezar. Entonces, Licaón primero se rió de las devotas oraciones, y luego dijo: “Voy a demostraros con una prueba evidente si éste es un dios o un mortal, y no quedarán dudas sobre la verdad”. Planea darme muerte por la noche, cogiéndome por sorpresa cuando me halle vencido por el sueño (tal es la prueba de la verdad que quiere poner en acto), y, no contento con eso, le corta el cuello con una espada a un rehén que le había enviado el pueblo de los molosos, y mientras cuece una parte de sus miembros todavía palpitantes en agua hirviendo, asa otra parte sobre el fuego. Tan pronto como los puso sobre la mesa, con un rayo vengador hice que la casa se derrumbara sobre aquel lugar digno de su dueño. Éste huye aterrado, y una vez en el silencio de los campos aúlla, e inútilmente intenta hablar; la rabia se refleja en su rostro desde lo más profundo de su ser, el deseo de matar que ya solía demostrar lo dirige ahora hacia los rebaños, y también ahora sigue disfrutando con la sangre. Sus ropas se transforman en pelo, los brazos en patas: se convierte en un lobo. Pero conserva rastros de su antigua forma: tiene el mismo pelo canoso, la misma violencia en el rostro, el mismo brillo en la mirada y la misma ferocidad en su aspecto. Una casa ha caído, pero más de una tenía que haber sido destruida: allá por donde se extiende la tierra reina la feroz Erinis[27]. Se diría que hay una conjura del delito: ¡que reciban todos, pues, al punto el castigo que merecen! ¡Ésa es mi sentencia!».


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