Metamorfosis
Metamorfosis El Hipótada[44] había encerrado a los vientos en su cárcel eterna y el Lucífero, brillantísimo, había aparecido alto en el cielo, exhortando al trabajo; Perseo vuelve a coger las alas y se las ata en los pies a uno y otro lado, se ciñe la curva espada, e impulsado por sus sandalias surca el aire transparente. Debajo de él y a su alrededor van quedando innumerables pueblos, hasta que llega a divisar el país de los etíopes y los campos de Cefeo[45]. Allí, el despiadado Amón había ordenado que la inocente Andrómeda pagara el castigo por la insolencia de su madre[46]. Cuando el Abantíada[47] la vio atada por los brazos a las duras rocas (y de no ser porque una leve brisa movía sus cabellos y cálidas lágrimas manaban de sus ojos, habría creído que estaba esculpida en el mármol), sin saberlo ardió de amor por ella, se quedó pasmado, y cautivado por la imagen de la belleza que había ante sus ojos casi se olvidó de batir las alas en el aire. Entonces se posó y dijo: «¡Tú, que no eres digna de llevar otras cadenas, sino aquéllas que enlazan a los apasionados amantes, responde a mis preguntas y dime el nombre de tu país y el tuyo, y por qué llevas esas cadenas!». Al principio ella permaneció callada, sin atreverse a hablarle, ella, una virgen, a un hombre, y si no hubiese estado atada se habría cubierto con las manos el rostro lleno de vergüenza; sus ojos, eso fue lo único que pudo hacer, se llenaron de lágrimas. Por fin, puesto que él insistía una y otra vez, para que no pareciera que le ocultaba algún delito que hubiese cometido, le indicó cuál era su nombre y el de su patria, y cuál había sido la soberbia confianza de su madre en su propia belleza. Y aún no le había relatado todo cuando las olas resonaron fragorosamente y un monstruo surgió del inmenso mar, recubriendo con su pecho una vasta superficie de agua. La virgen grita. El padre, enlutado, se hallaba presente junto con la madre, afligidos ambos, pero ella con más razón. No le prestaban auxilio alguno, sino sólo lágrimas y lamentos dignos de tal circunstancia, y se aferraban a su cuerpo encadenado. Entonces el extranjero dijo: «Para llorar os quedará mucho tiempo, pero para ayudarla tenemos muy poco. Si yo la pidiera en matrimonio, yo, Perseo, hijo de Júpiter y de Dánae, a la que Júpiter fecundó con su lluvia de oro cuando estaba encerrada, yo, Perseo, que he vencido a la gorgona de cabellera de serpiente y que oso viajar por los espacios etéreos con el batir de mis alas, sin duda me preferiríais como yerno antes que a cualquier otro. Además, a todas estas dotes, si los dioses me asisten, intentaré añadir también mis propios méritos. Que sea mía si mi valentía consigue salvarla, ése es el trato». Sus padres aceptan lo pactado (¿quién dudaría?), le suplican y le prometen, además, un reino en dote.