Metamorfosis
Metamorfosis Y ya estaba a punto de lanzar sus rayos por toda la tierra cuando tuvo miedo de que con todo ese fuego el éter sagrado se incendiara y el eje del mundo ardiera en toda su longitud. Recordó que en el destino también está escrito que llegará un tiempo en que arderán el mar, la tierra y el reino celeste, arrasado por las llamas, y se agitará convulsa la mole del mundo. Depone las armas fabricadas por los Cíclopes[28] y decide aplicar un castigo diferente: exterminar a los mortales bajo las olas, dejando caer un diluvio desde todo el cielo. Inmediatamente encierra en las cavernas de Eolo[29] a Aquilón[30] y a todos los vientos que podrían dispersar las nubes condensadas, y deja salir a Noto[31]. Sale Noto de su prisión con las alas empapadas de lluvia, el rostro terrible envuelto en negra bruma: la barba está cargada de nubes, el agua fluye de sus blancos cabellos, en la frente se asientan las nieblas, chorrean sus ropas y sus plumas. Y cuando con un amplio gesto de las manos Júpiter comprimió las nubes suspendidas en el aire, sonó un trueno, y los densos nubarrones derramaron su contenido desde el cielo. Con su vestido de diferentes colores, Iris[32], la mensajera de Juno[33], reúne las aguas y lleva alimento a las nubes: las mieses se doblan abatidas, el campesino ve con desesperación cómo se pierden sus esperanzas, y el trabajo de todo un largo año se vuelve vano. Pero la ira de Júpiter no se conforma con el cielo, su reino, y Neptuno[34], su azul hermano, le ayuda proporcionándole más agua. Convoca éste a los ríos, y una vez que se han congregado bajo el techo de su señor, les dice: «No es momento de oír una larga exhortación: liberad vuestras fuerzas, pues así debe ser. Abrid vuestras moradas, retirad los diques y dad rienda suelta a vuestra corriente». Así lo ordenó. Aquéllos regresan, abren las fuentes de los manantiales y se precipitan hacia el mar en desenfrenada carrera. El dios, por su parte, sacudió la tierra con su tridente, y ésta tembló, y con la sacudida abrió el camino a las aguas. Los ríos corren desbordados por el campo abierto, arrollan en gran cantidad plantas, ganado, hombres y casas, y arrastran los templos con sus objetos sagrados. Y si quedó en pie alguna casa que pudo resistir a la catástrofe, las olas la recubrieron superando su altura, y las torres desaparecieron oprimidas bajo los remolinos.