Metamorfosis
Metamorfosis Y ya no había diferencia entre el mar y la tierra: todo era un océano, un océano sin costas. Uno alcanza la cumbre de un monte, otro, sentado en una barca de curvada proa, rema allí donde poco antes araba; aquél navega sobre las mieses o sobre el tejado de una villa sumergida, éste captura un pez en la cima de un olmo; según los casos, el ancla agarra en un verde prado o las combadas quillas rozan viñedos sumergidos, y donde poco antes pacían gráciles cabritillas descansan ahora las focas sus deformes cuerpos. Se asombran las Nereidas[35] al ver bosques, ciudades y casas bajo el agua, y los delfines nadan por los bosques, chocando con las ramas más altas y sacudiendo los robles con sus golpes. Nada el lobo entre las ovejas, las olas arrastran a los rubios leones, arrastran a los tigres, y de nada le sirve al jabalí tener la fuerza del rayo ni al ciervo arrastrado por las aguas la velocidad de sus patas; también los pájaros, tras haber vagado largamente en busca de un lugar en que posarse, caen al mar con las alas exhaustas. El océano en su desenfreno sumerge las alturas, y las olas chocan, cosa nunca vista, contra las cumbres de las montañas. A la mayoría se los llevan las olas, y a los que son perdonados por las aguas los doma el largo ayuno por falta de alimentos.