Metamorfosis

Metamorfosis

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Cuando Filomela se dio cuenta de que había entrado en la morada del pérfido Tereo, la pobre infeliz se estremeció y su rostro palideció por completo. Progne, tras buscar un lugar adecuado, le quitó los símbolos del culto y descubrió el rostro pudibundo de su desdichada hermana, y la estrechó en un abrazo. Ella, sin embargo, no se atrevía a levantar los ojos hacia Progne, pues se sentía como una adúltera frente a su hermana; sin levantar la mirada del suelo, habría querido jurar, poniendo a los dioses por testigo, que él le había arrebatado su honor en contra de su voluntad: las manos tomaron el lugar de la voz. Progne se enardece y no puede contener su ira, y recriminando el llanto de su hermana, «no es con lágrimas», dice, «como tenemos que actuar, sino con hierro, o si conoces algo que pueda superar al hierro, con eso. Yo estoy dispuesta a cualquier crimen, hermana. ¡Incendiaré con antorchas el palacio real y echaré a las llamas al criminal Tereo, o le arrancaré con la espada la lengua, los ojos y esos miembros que te quitaron la honra, o le haré expulsar su pérfida alma por medio de mil heridas! Estoy dispuesta a cualquier cosa, aunque todavía no sé qué». Mientras Progne terminaba de decir estas cosas llegó Itis, que se dirigió hacia su madre; su vista le sugirió lo que podría hacer, y contemplándolo con ojos despiadados, dijo: «¡Ah, cuánto te pareces a tu padre!». Sin decir más, se prepara para el funesto crimen, hirviendo de tácita ira. No obstante, cuando el niño se acercó a su madre y la saludó, echándole al cuello sus pequeños brazos y añadiendo besos a sus infantiles mimos, ella sin duda se conmovió, su ira se apagó y las lágrimas se agolparon en sus ojos, aunque contra su voluntad; pero inmediatamente, al darse cuenta de que demasiada compasión hacía flaquear su corazón de madre, volvió de nuevo la mirada hacia su hermana, y mirándolos a los dos alternativamente, se preguntaba: «¿Por qué uno me habla con dulzura y la otra calla con la lengua mutilada? ¿Por qué me llama éste madre y no puede aquélla llamarme hermana? ¡Mira, hija de Pandión, con qué marido te has casado! ¿Es que te vas a echar atrás? Es un crimen tener piedad de un marido como Tereo». Y sin más titubeos se llevó a Itis, como una tigresa del Ganges que arrastrara por las selvas oscuras a un cervatillo lactante. Cuando llegaron a una zona apartada del gran palacio, Progne, tomando al niño que le tendía sus manos y que, consciente ya de lo que le esperaba, gritaba: «¡Mamá, mamá!», e intentaba abrazar su cuello, le hirió con la espada en donde el pecho se une al costado, sin ni siquiera apartar la vista. Una sola herida habría bastado para matarle: Filomela con la espada le cortó la garganta. Descuartiza los miembros todavía vivos, que aún retenían un poco de aliento vital; una parte hierve en calderos de bronce, otra rechina asándose en el espetón. La habitación chorrea de sangre. Con ello prepara Progne la mesa para el desavisado Tereo, e inventando que se trata de una costumbre sagrada propia de su patria, en la que sólo al marido se le permite estar presente, aleja de allí a los acompañantes y a los siervos. En cuanto a Tereo, sentado en el alto trono de sus antepasados, come y llena su vientre con su propia carne, y tanta es la oscuridad que reina en su mente, que dice: «Traedme aquí a Itis». Progne ya no intenta disimular su cruel alegría, y ansiosa por revelarle su derrota, le dice: «Lo que buscas, lo tienes dentro». Él mira a su alrededor y pregunta dónde está; mientras lo busca y lo sigue llamando, Filomela se planta ante él tal como está, con los cabellos manchados por el furioso asesinato, y arroja al rostro del padre la cabeza ensangrentada de Itis. En ningún momento deseó tanto como entonces poder hablar, para poder manifestarle su gozo con las palabras que él merecía. El tracio vuelca la mesa ante sí con un grito desgarrador, e invoca a las hermanas de cabellera de serpiente que habitan en el valle estigio[47]; unas veces desea abrirse el pecho, si ello fuera posible, para sacar de allí esos funestos manjares, esas vísceras que ha ingerido, otras veces llora y se llama a sí mismo infortunada tumba de su hijo. Por fin, con la espada desenvainada, se lanza en pos de las hijas de Pandión. Se diría que los cuerpos de las cecrópidas[48] se sostienen en el aire como sobre alas: en efecto, se sostienen sobre alas. Una de ellas se dirige hacia los bosques, la otra se mete bajo los tejados, y de su pecho todavía no se han borrado los signos del asesinato: sus plumas están manchadas de sangre[49]. Él, a quien dan alas el dolor y el deseo de castigarlas, se convierte en un pájaro de cabeza crestada, con un pico desmesurado como una larga lanza: abubilla es el nombre de esa ave, y parece que estuviera armada.


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