Metamorfosis

Metamorfosis

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Esta tragedia envió a Pandión con las sombras del Tártaro antes de tiempo, y antes de que hubiese podido alcanzar los últimos años de una larga vejez. El cetro de la ciudad y el encargo de gobernar recayeron sobre Erecteo, no se sabe si más poderoso por su justicia o por la fuerza de su ejército. Había engendrado nada menos que a cuatro hijos y a otras tantas hijas, pero de ellas, dos sobresalían igualmente por su belleza. Céfalo, nieto de Eolo, fue tu feliz esposo, oh Procris; en cambio Bóreas, perjudicado por el recuerdo de Tereo y de Tracia[50], se vio privado largo tiempo de su amada Oritía, durante todo el tiempo en que prefirió suplicar y emplear los ruegos antes que la fuerza. Pero puesto que con las buenas maneras no conseguía nada, hinchándose de ira, cosa propia de ese viento e incluso demasiado habitual en él, exclamó: «¡Y me lo merezco! Pues ¿por qué he depuesto mis armas: el furor, la violencia, la ira, el espíritu amenazador, y he acudido con súplicas, que no son propias de mí? A mí me corresponde la fuerza: con mi fuerza empujo las nubes, con mi fuerza agito el mar y desarraigo nudosos robles, endurezco la nieve y apedreo la tierra con el granizo. De igual forma, cuando me encuentro con mis hermanos en el cielo abierto, que es, de hecho, mi campo de batalla, lucho con tanta potencia que el aire retumba entre nosotros con cada choque, y de las huecas nubes saltan chispas; de igual forma, cuando me hundo en las bóvedas de las cavernas de la tierra y froto mi lomo, embravecido, contra las paredes más profundas, atormento con el temblor a las sombras de los muertos y a la tierra entera. Así es como habría debido buscar a mi esposa: a Erecteo habría debido convertirle en mi suegro, no rogarle que lo fuera».


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