Metamorfosis
Metamorfosis Mientras tanto, la hija de Eetes[7] se había inflamado de una impetuosa pasión, y tras debatirse en ella largo tiempo, cuando vio que no podía vencer su loco amor con la razón, dijo: «En vano te resistes, Medea: un dios, no sé cuál, se opone. Y es extraño, salvo que no sea esto, o algo sin duda muy parecido a esto, lo que llaman amor. Pues ¿por qué me parecen tan duras las órdenes de mi padre? Pero es que son demasiado duras, en realidad. ¿Por qué temo que muera uno a quien apenas acabo de ver por primera vez? ¿Cuál es la causa de tanto miedo? ¡Sacude de tu pecho de virgen el amor que has concebido, si es que puedes, infeliz! Si pudiera hacerlo, me sentiría más en mi juicio. Pero una fuerza desconocida me arrastra contra mi voluntad: el deseo me aconseja una cosa, la mente otra. Veo el bien y lo apruebo, y sigo el mal. ¿Por qué te abrasas por un extranjero, princesa, y sueñas con casarte con un hombre de otro mundo? ¡También este país puede ofrecerte alguien a quien amar! Que viva o que muera, está en mano de los dioses. Pero ¡que viva! Eso es lícito deseárselo también sin estar enamorada. Por otra parte, ¿qué mal ha cometido Jasón? ¿Quién sino un espíritu cruel permanecería indiferente ante la edad, la estirpe y el valor de Jasón? ¿A quién no conmovería, en falta de todo lo demás, su rostro? A mi corazón, desde luego, lo ha conmovido. Pero si yo no le ayudo, los toros exhalarán sobre él su aliento de fuego, tendrá que enfrentarse a los enemigos nacidos de la tierra que él mismo habrá sembrado, o será entregado cruelmente al insaciable dragón[8]. Si dejo que esto suceda, entonces sí que podré decir que soy hija de una tigresa y que en mi corazón sólo hay hierro y piedras. Es más, ¿por qué no presencio su muerte, mancillando mis ojos al contemplarla? ¿Por qué no incito contra él a los toros, a los fieros hijos de la tierra y al indómito dragón? ¡Ojalá no sea ésa la voluntad de los dioses! Pero lo que tengo que hacer no es suplicar por ello, sino actuar. Pero entonces, ¿voy a traicionar al reino de mi padre? ¿Voy a salvar con mi ayuda a un extranjero que apenas conozco, para que él, una vez libre de peligro gracias a mí, sin mí despliegue las velas al viento y se convierta en esposo de otra mujer, mientras que yo, Medea, me quedo con mi sufrimiento? Si es capaz de hacer eso, de poner a otra por encima de mí, ¡entonces que muera, el ingrato! Pero con esa mirada, esa nobleza de espíritu, esa gentil belleza que hay en él, no puedo temer que me engañe ni que olvide mis méritos. Y además, antes me dará su palabra, y yo le obligaré a jurar poniendo a los dioses por testigo. ¿Por qué temes, si estás a salvo? ¡Ponte a la obra, pues, y date prisa! Jasón siempre te deberá gratitud, se unirá a ti en solemnes nupcias, y en las ciudades de los pelasgos una multitud de madres te aclamará como salvadora. ¿Abandonaré entonces, llevada por los vientos, a mi hermana, a mi hermano, a mi padre, a mis dioses y a mi tierra natal? Claro que, sin duda, mi padre es despiadado, sin duda el mío es un país bárbaro, y mi hermano es todavía un niño; en cuanto a mi hermana, sus deseos están conmigo. Dentro de mí está el mayor de los dioses. No es grande lo que dejo atrás, pero es grande lo que me espera: la gloria de haber salvado a los jóvenes aqueos, la oportunidad de conocer un lugar mejor y unas ciudades cuya fama ha llegado incluso hasta aquí; y las costumbres y las artes de aquellos lugares, y aquel por quien yo cambiaría todas las cosas que hay en el mundo, el hijo de Esón, aquel con quien seré considerada una esposa feliz protegida por los dioses, y con quien tocaré las estrellas. Claro que, ¿no dicen que no sé qué montes chocan en medio del mar[9], que Caribdis[10], enemiga de los barcos, a veces absorbe las aguas y a veces las vuelve a expulsar, y que la voraz Escila[11], rodeada de feroces perros, ladra sobre las profundidades del mar de Sicilia? Pero, sin duda, si tengo a mi amado, si Jasón me estrecha en su regazo, viajaré por el vasto mar: abrazada a él no tendré miedo de nada, y si algo habré de temer, sólo será por mi esposo. Pero ¿lo consideras un matrimonio? ¿Das un nombre bello a lo que no es, Medea, sino tu culpa? ¿Por qué no consideras, más bien, la impiedad que vas a cometer, y huyes del crimen mientras aún estás a tiempo?». Así hablaba, y ante sus ojos se presentaron la Rectitud, el Deber, y el Pudor, y el Deseo, derrotado, ya volvía la espalda.