Metamorfosis
Metamorfosis Se dirigía al antiguo templo de Hécate[12], hija de Perseo, que se hallaba en un bosque sombrío, oculto entre árboles recónditos. Y ya se sentía fuerte, y su ardor, reprimido, ya se estaba desvaneciendo, cuando vio al Esónida[13], y la llama extinguida volvió a brillar. Sus mejillas se sonrojaron, todo su rostro se encendió, y como cuando una chispa recubierta por una fina capa de rescoldos toma alimento del viento, y crece y vuelve a reavivarse al ser agitada con la misma fuerza que antes, así ese amor apagado que parecía languidecer, cuando vio al joven prendió nuevamente ante la belleza que se presentaba ante sus ojos. Además, casualmente, el hijo de Esón ese día estaba aún más bello que de costumbre: hay que ser indulgente con la enamorada. Ella le mira, y mantiene los ojos clavados en su rostro como si le viera por primera vez, y sin apartarlos de él, le parece, en su arrebato, que lo que contempla no es el rostro de un mortal. Y cuando el extranjero empezó a hablar, y tomándole la mano le pidió con voz queda que le ayudara, y le prometió el matrimonio, entonces ella, rompiendo a llorar, le dijo: «Sé bien lo que estoy haciendo, y no es la ignorancia lo que me aleja de la verdad, sino el amor. Con mi ayuda te salvarás, pero cuando te hayas salvado, ¡cumple tu promesa!». Él lo jura por los misterios de la diosa triforme[14], por el dios que habitara en aquel bosque sagrado, por el padre de su futuro suegro, que todo lo ve[15], y por su propio éxito en tan grandes peligros. Medea le cree y, acto seguido, le entrega unas hierbas mágicas y le enseña cómo utilizarlas, tras lo cual Jasón se retira satisfecho.