Metamorfosis
Metamorfosis Al día siguiente, la aurora ya había expulsado a las estrellas centelleantes: las gentes se congregaron en el sagrado campo de Marte y se dispusieron en las cimas de los cerros. El propio rey, vestido de púrpura, toma asiento entre las filas de sus soldados, dignificado por su cetro de marfil. Y he aquí que los toros de pies de bronce empiezan a exhalar fuego por sus hocicos de metal, y la hierba arde al contacto del vapor. Como suelen retumbar las chimeneas cuando están llenas, o como prende fuego la cal disuelta en un horno de tierra si la rocían con agua, así retumban sus pechos en los que se revuelven las llamas, así sus gargantas candentes; pero el hijo de Esón se dirige hacia ellos. A medida que se acerca vuelven hacia él con bravura su fiera mirada y sus cuernos de puntas de hierro golpean el suelo polvoriento con sus pezuñas hendidas, y llenan el lugar con sus humeantes mugidos. Los minias estaban paralizados por el miedo. Él se adelanta, sin percibir, tanto es el poder de los fármacos, el fuego de sus alientos; con mano audaz acaricia sus colgantes papadas, y unciéndolos al yugo les obliga a tirar de un pesado arado y a abrir surcos con el hierro en ese campo no acostumbrado a él. Los colcos se asombran, los atenienses lo aclaman con sus gritos y le dan ánimos. Entonces saca los dientes de serpiente de un yelmo de bronce y los esparce sobre el campo arado. La tierra ablanda esas semillas antes impregnadas de poderoso veneno, y los dientes crecen y se convierten en nuevos cuerpos. Como el niño toma la forma de un hombre en el útero materno y se va componiendo dentro de él según su propia armonía, y hasta que no está maduro no sale al aire común a todos, así, cuando en las entrañas de la tierra grávida se hubieron formado unas imágenes de hombres, éstas vinieron a la luz en el campo fecundado, y lo que es más sorprendente, blandían armas que habían nacido con ellos.