Metamorfosis

Metamorfosis

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Faltaban tres noches para que los cuernos de la luna se unieran y formaran un disco completo. Cuando por fin la luna refulgió en toda su plenitud y su forma se asomó compacta sobre la tierra, Medea salió de la casa vistiendo una túnica desceñida, con los pies descalzos y el cabello suelto cayéndole sobre los hombros, y, sola, fue caminando sin rumbo en el mudo silencio de la medianoche. Hombres, pájaros y animales estaban sumidos en una profunda quietud: ningún murmullo salía de los arbustos, las ramas callaban inmóviles, callaba el húmedo aire; sólo las estrellas titilaban en el cielo. Tendiendo sus brazos hacia ellas, Medea giró tres veces sobre sí misma, tres veces echó sobre su cabeza agua del río, tres veces abrió su boca y aulló, e hincándose de rodillas en el duro suelo, dijo: «¡Oh noche, fiel amiga de los misterios, astros dorados, que junto con la luna seguís a los fulgores del día, y tú, Hécate de tres cabezas, que, conocedora de mi intento, acudes en auxilio de los cantos y de las artes de los magos, y tú, Tierra, que provees a los hechiceros de hierbas poderosas, y vosotros, brisas, vientos, montañas, ríos y lagos, dioses todos de los bosques, y dioses todos de la noche: acudid a mí! Con vuestra ayuda, cuando yo lo quise, los ríos regresaron a sus manantiales ante el asombro de sus orillas; con mis encantamientos calmo el mar cuando está agitado y lo agito cuando está en calma, alejo a las nubes o las hago venir, ahuyento o convoco a los vientos; con fórmulas y cantos quebranto las fauces de las serpientes, muevo las rocas vivas, los robles arrancados de su propia tierra y las selvas, ordeno a los montes temblar, al suelo mugir y a las sombras de los muertos salir de sus sepulcros. También a ti, Luna, te arrastro, aunque los bronces de Témesa intenten disminuir tu agonía[21]; mis conjuros también hacen palidecer el carro de mi abuelo[22], palidece la aurora con mi veneno. Vosotros debilitasteis para mí las llamas de los toros y oprimisteis sus cuellos con el peso del corvo arado, que nunca antes habían tolerado; vosotros hicisteis que los hijos de la serpiente volvieran la guerra contra sí mismos, dormisteis al guardián que desconocía el sueño, e hicisteis llegar el oro[23], una vez eludido su defensor, a las ciudades de Grecia. Ahora hacen falta jugos que me permitan rejuvenecer la vejez para que vuelva a florecer y vuelva a recobrar sus primeros años. ¡Y vosotros me los daréis! Pues no en vano han parpadeado las estrellas ni viene a mí en vano un carro tirado por dragones alados». Y en ese momento un carro bajaba del cielo.


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