Metamorfosis
Metamorfosis Tres veces Febo había desuncido del yugo a sus caballos tras sumergirse en las aguas del río de Iberia[29], y las estrellas brillaban radiantes en la cuarta noche, cuando la insidiosa hija de Eetes puso sobre un voraz fuego agua pura y hierbas sin poder. Y ya un sueño semejante a la muerte, infundido con encantamientos y con el poder de unas fórmulas mágicas, se había apoderado del rey, cuyo cuerpo yacía blandamente, y junto con el rey, también el de sus guardias. Las hijas entraron en la habitación junto con la mujer de la Cólquide, como se les había ordenado, y rodearon la cama: «¿Por qué dudáis ahora, cobardes?», les dice. «Empuñad las espadas y haced que salga la vieja sangre para que yo pueda rellenar las venas vacías con sangre joven. En vuestras manos están la vida y la edad de vuestro padre: si sentís por él algún afecto, si no agitáis en vuestro pecho vanas esperanzas, ¡ayudad a vuestro padre y expulsad de él la vejez con vuestras armas, y clavándole la espada haced que salga la sangre corrupta!». Ante tales exhortaciones, precisamente aquéllas que son más piadosas son las primeras en volverse impías, y para no ser infames cometen una infamia; sin embargo, ninguna es capaz de mirar mientras golpea, y apartando la vista le hieren a ciegas con mano cruel, volviendo la cabeza. Él, chorreando sangre, consigue no obstante incorporarse sobre el codo, intenta levantarse del lecho, medio despedazado, y tendiendo entre todas esas espadas sus brazos cada vez más pálidos, dice: «¿Qué hacéis, hijas? ¿Quién os ha armado para que matéis a vuestro padre?». A ellas les falló el valor y la mano. Iba a decir más cuando la cólquida le cortó el cuello y la palabra, y sumergió su cuerpo desgarrado por las heridas en el agua hirviendo.