Metamorfosis

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Tras intercambiarse las fórmulas habituales al principio de cualquier encuentro, Céfalo expone el mensaje de los cecrópidas: pide ayuda, recuerda el pacto de alianza y los tratados estipulados por los antepasados, y añade que lo que busca Minos es el dominio de Acaya entera. Entonces, cuando hubo defendido con elocuencia la causa que le habían encargado, Éaco, con la izquierda apoyada en el puño de su brillante cetro, dijo: «¡No me pidáis auxilio, atenienses, tomadlo vosotros mismos! Y no dudéis en conducir todas las tropas que hay en esta isla como si fueran vuestras, y todo aquello que os ofrece la actual condición de mi poderío. Las fuerzas no me faltan: sobran soldados para mí y para el enemigo. Gracias a los dioses, ésta es una época feliz, y no tengo motivos para rehusar». «Ojalá sea así», dijo Céfalo; «es más, espero que tu ciudad se haga aún más populosa. Por cierto, que hace poco, cuando llegaba, me llenó de alegría que viniera a mi encuentro una juventud tan hermosa y de edad tan pareja; no obstante, echo de menos a muchos de los que vi hace tiempo, la última vez que fui recibido en vuestra ciudad». Éaco gimió y dijo con voz triste: «A un comienzo oloroso le ha seguido una suerte mejor: ¡ojalá pudiera hablarte de ésta sin tener que acordarme de aquél! Lo relataré ahora por orden, pero, para no entreteneros con largos rodeos, aquéllos que buscas con el recuerdo yacen convertidos en huesos y cenizas. ¡Y cuántas de mis cosas han muerto con ellos! Una terrible epidemia, causada por la ira de la despiadada Juno, que odia estas tierras que llevan el nombre de su rival[57], se abatió sobre las gentes. Mientras nos pareció que se trataba de un mal humano y la causa de tan gran tragedia permaneció oculta, luchamos con los medios de la medicina; pero la plaga superaba nuestros recursos, que yacían derrotados. Al principio, el cielo oprimió la tierra con una densa calima y apresó bajo una capa de nubes los ardores de un agobiante bochorno, y en el tiempo que la Luna tardó en completar cuatro veces su disco, reuniendo sus cuernos, y en deshacerlo cuatro veces, atenuándose, un cálido Austro sopló con ráfagas letales. Se sabe que la enfermedad alcanzó también las fuentes y los lagos, y que muchos miles de serpientes se dispersaron por los campos abandonados e infectaron los ríos con su veneno. En un principio la potencia del morbo se manifestó con el estrago de perros, aves, ovejas, vacas y fieras salvajes. El infeliz campesino ve con asombro cómo los fuertes bueyes se desploman entre los surcos en medio del trabajo; a los rebaños de ovejas, que emiten enfermos balidos, la lana se les cae por sí sola, y sus cuerpos languidecen; el caballo, otrora fogoso y famoso sobre el polvo de las pistas, ahora no consigue más trofeos, y olvidados ya los triunfos pasados gime junto al pesebre, destinado a morir de una muerte sin gloria; no piensa ya el jabalí en enfurecerse ni la cierva en confiar en su carrera, ni los osos en abalanzarse sobre el robusto ganado. La languidez se apodera de todas las cosas: los cadáveres yacen pudriéndose en bosques, campos y caminos, y el hedor contamina el aire. Y diré algo asombroso: ni los perros ni las aves rapaces, ni los lobos de pelo cano los tocan; se descomponen allí donde han caído, y con sus infectos miasmas extienden lejos el contagio.


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