Metamorfosis
Metamorfosis »La peste alcanza con daño aún más grave a los pobres colonos, y extiende su dominio hasta el recinto de la gran ciudad. En primer lugar se abrasan las entrañas, y la rojez y una respiración jadeante que lleva fuego dan señal de la llama que arde en el interior; la lengua se hincha, áspera; las bocas resecas se abren a los cálidos vientos; la garganta no recibe sino aire malsano. No pueden soportar ni el lecho ni las ropas: apoyan el vientre sobre la dura tierra, pero no es el cuerpo el que se enfría con el suelo, sino el suelo el que hierve a contacto con el cuerpo. No hay nadie que pueda mitigar el mal, la cruel mortandad hace presa entre los mismos médicos, y las curas les fallan a los mismos que las ponen en práctica. Cuanto más cerca está uno de un enfermo y más fielmente lo asiste, más deprisa se acerca a la muerte. Por fin, cuando desaparece toda esperanza de salvación y ven que el fin de la enfermedad será la muerte, se abandonan al instinto, y desaparece toda preocupación por lo que pueda servirles de ayuda: en efecto, nada hay que pueda ayudarles. Desordenadamente, sin ningún recato, se aferran a fuentes, ríos y hondos pozos, y bebiendo la sed no se extingue sino con la vida; muchos, abotagados, no pueden volver a levantarse y mueren en las mismas aguas; aun así, otros siguen bebiendo en ellas. Tal es el hastío que produce en los infelices el odiado lecho, que se levantan de él o, si las fuerzas no les permiten ponerse en pie, ruedan por el suelo y huyen de sus casas; a cada uno le parece funesta su propia morada, y puesto que la causa del mal se desconoce, se incrimina al lugar, demasiado pequeño. Los veías vagar medio muertos por las calles, en tanto que aún eran capaces de tenerse en pie; otros lloran, y tirados en el suelo entornan los ojos cansados con un último movimiento; y tienden los brazos hacia las estrellas del cielo que incumbe sobre ellos, unos aquí, otros allí, exhalando el último suspiro donde la muerte los ha sorprendido.