Metamorfosis

Metamorfosis

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»Mientras regresaba, meditando sobre lo que me había dicho la diosa, empecé a temer que mi esposa no hubiese respetado debidamente los lazos del matrimonio. Su belleza y su edad obligaban a creer en el adulterio; su carácter impedía creerlo. Pero es que yo había estado ausente; pero es que la misma que acababa de dejar era un ejemplo del delito; ¡pero es que los enamorados tenemos miedo de todo! Decido investigar lo que me atormenta y poner a prueba con regalos su casta fidelidad. La Aurora estimula mis temores, y cambia mi aspecto (creo que me di cuenta). Sin ser reconocido entro en Atenas, la ciudad de Palas, y penetro en la casa: la casa misma carecía de todo indicio de culpa, mostraba signos de castidad y de ansiedad por el amo desaparecido. Trabajosamente me abrí camino, con mil engaños, hasta la hija de Erecteo[63]. Cuando la vi me quedé pasmado, y casi abandoné mis intenciones de probar su fidelidad; a decir verdad, a duras penas pude resistirme a contarle la verdad, a duras penas pude resistirme, como debía, a besarla. Ella estaba triste (pero, aun así, ninguna podría ser más hermosa que ella cuando estaba triste), y le atormentaba la nostalgia por su esposo raptado. ¡Imagínate, Foco, cuál sería su belleza, cuando el mismo dolor le sentaba bien! ¿Para qué contar cuántas veces su pudor rechazó mis intentos, cuántas veces dijo: “Yo me reservo sólo para uno; esté donde esté, para uno sólo reservo mis dichas”? ¿A quién que estuviera en su sano juicio no le habría bastado esta prueba de su gran fidelidad? Pero no me contento, lucho por herirme a mí mismo, y mientras tanto le ofrezco una fortuna a cambio de una noche; a fuerza de aumentar la recompensa, por fin conseguí que vacilara. Entonces exclamé: “¡Por desgracia, es un impostor el que tienes ante ti! ¡Por desgracia, era un adúltero fingido y un marido verdadero! ¡A mí, pérfida, me tienes como testigo!”. Ella, nada: sencillamente, vencida por una tácita vergüenza, huyó de aquella casa insidiosa y del detestable esposo, y odiando a todo el género masculino a causa de mi afrenta se fue vagando por los montes, dedicándose a las actividades de Diana. Entonces, al sentirme abandonado, un fuego aún más violento penetró en mis huesos. Suplicaba su perdón y reconocía que había pecado, y que yo también habría podido caer en la misma culpa ante esos regalos, si alguien me hubiese ofrecido regalos semejantes. Puesto que yo había confesado estas cosas y ella había vengado su pudor ofendido, regresó y transcurrió junto a mí dulces años en armonía. Además me regaló, como si dándose a sí misma me hubiese hecho poco regalo, un perro que su Diana le había entregado, diciéndome: “Los vencerá a todos en la carrera”. Me dio a la vez también la jabalina que, como ves, tengo en mi mano. ¿Quieres saber cuál fue la suerte del otro regalo? Prepárate para la sorpresa: te asombrará la novedad del hecho.


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