Metamorfosis

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»El hijo de Layo[64] había resuelto con su ingenio las adivinanzas que no habían comprendido los que le habían precedido, y la ambigua profetisa[65], arrojada al vacío, yacía olvidada de sus propios enigmas. Pero está claro que la venerable Temis[66] ni siquiera en tales casos olvida la venganza. Inmediatamente después, otra plaga cayó sobre la aonia Tebas, y muchos habitantes del campo estaban atemorizados por la mortandad que una fiera[67] provocaba tanto entre sus ovejas como entre ellos mismos. Acudimos todos los jóvenes de los lugares vecinos, y rodeamos con redes los vastos campos. Ella, veloz, pasaba por encima de las ligeras redes con un salto, y cruzaba por encima de los lazos que habíamos colocado. Sueltan a los perros, que se lanzan en su persecución, y ella huye y los burla con la misma rapidez que si fuera un veloz pájaro. Al unísono reclaman a voces a mi Lélaps (ése era el nombre del regalo); ya hacía rato que él mismo luchaba por liberarse de la correa que lo retenía, y tiraba con el cuello. Apenas lo había soltado cuando ya no podíamos ver dónde estaba; el polvo caliente todavía conservaba las huellas de sus patas, pero él ya había escapado a nuestra vista. Ni una lanza, ni los proyectiles lanzados por el voltear de una honda, ni una flecha ligera despedida por un arco de Gortina[68] habrían superado su velocidad. Hay un monte desde cuya cima se dominan los campos que se extienden alrededor: subo allí y presencio el espectáculo de una extraordinaria carrera, en que la fiera tan pronto parece apresada como se la ve librarse de la captura en el último momento. Astutamente, no huye en línea recta, sino que burla el hocico de su perseguidor y gira en redondo, para hacer vano el ímpetu de la carrera de su enemigo; éste la acosa y la persigue con sus mismas trazas, y cuando parece que ya la tiene no la tiene todavía, y da vanos mordiscos al aire. Yo ya iba a recurrir a la jabalina; mientras la blandía en mi mano derecha e intentaba pasar los dedos por el amiento aparté por un momento la mirada, y luego nuevamente la volví hacia allí: veo en medio del campo (¡increíble!) dos estatuas de mármol; una de ellas parece huir, la otra estar ladrando. Es evidente que algún dios quiso que ambos quedaran invictos en aquella carrera, si es que un dios los asistió».


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