Metamorfosis

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Hasta aquí llegó su relato, y luego calló. «¿Pero qué crimen ha cometido la jabalina?», dijo Foco, y él relató el crimen de la jabalina con estas palabras: «Las alegrías, Foco, fueron el principio de mi dolor; empezaré por aquéllas. Oh, es hermoso recordar aquellos tiempos felices, hijo de Éaco, en los que, como es habitual, en los primeros años yo era feliz con mi esposa, y ella era feliz con su marido. Los dos sentíamos el mismo cariño mutuo y el mismo amor conyugal. Ella no habría antepuesto a mi amor ni siquiera una boda con Júpiter, y a mí ninguna habría podido seducirme, aunque hubiese venido la mismísima Venus; nuestros corazones ardían con la misma llama. Hacia la hora en que el sol hería las cumbres con los primeros rayos, yo solía ir al bosque a cazar, lleno de ardor juvenil, y no permitía que viniesen conmigo ni criados, ni caballos, ni perros de fino olfato, ni tampoco que me siguiesen con nudosas redes. Con mi jabalina me sentía seguro; cuando mi diestra ya se había cansado de matar fieras, buscaba el frescor y la sombra y la brisa que sopla desde los fríos valles. Buscaba la brisa leve en medio del calor, esperaba que llegara la brisa: ella era el reposo para mi fatiga. En efecto, recuerdo que “Ven, brisa”, solía cantar, “alíviame y entra en mi pecho, amadísima, y mitiga las llamas del calor que me abrasa”. Tal vez haya añadido (a ello me arrastraban los hados) otros halagos, y haya dicho más de una vez: “Tú eres mi gran gozo, tú me reanimas y me alivias, tú haces que ame las selvas y los lugares solitarios; ¡ojalá mi boca pueda sentir siempre este aliento tuyo!”. No sé quién prestó oídos a estas frases ambiguas, y creyendo que el nombre de brisa que tanto repetía era el de una ninfa, pensó que yo amaba a una ninfa. Inmediatamente, temerario delator de una falsa culpa, fue a ver a Procris y le refirió los susurros que había escuchado. El amor es crédulo: según me dijeron, ella desfallece fulminada por el repentino dolor, y cuando se repone, después de un largo rato, se llama a sí misma desgraciada, presa de un destino injusto, se lamenta de la fidelidad traicionada, y acongojada por un delito inexistente teme a lo que no existe, teme a un nombre sin cuerpo, y sufre, infeliz, como por una rival verdadera. Sin embargo, muchas veces duda y confía, la desdichada, en que sea un error, niega las pruebas de la traición, y si no lo ve ella misma no está dispuesta a condenar el error de su esposo.


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