Metamorfosis

Metamorfosis

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»Al día siguiente, la luz de la aurora ya había apartado a la noche: salí y me dirigí al bosque, y mientras vagaba sin rumbo después de una caza victoriosa, dije: “¡Brisa, ven y alivia mi fatiga!”, y de repente me pareció escuchar entre mis palabras unos gemidos. No obstante, dije: “¡Ven, queridísima!”. Al oír que otra rama, al caer, hacía un leve ruido, pensé que se trataba de una fiera, y arrojé el arma voladora. Era Procris, que al recibir una herida en medio del pecho gritó: “¡Ay!”. Tan pronto como reconocí la voz de mi fiel esposa, corrí precipitadamente hacia ella, fuera de mí. La encontré medio desfallecida, con la sangre que iba manchando sus ropas desgarradas, y sacándose de la herida (¡ay de mí!) su propio regalo; levanto tiernamente entre mis brazos ese cuerpo que amaba más que a mí mismo, y arrancándome la ropa del pecho vendo la cruel herida e intento parar la sangre, mientras le suplico que no muera abandonándome en mi desgracia. Sin fuerzas ya, agonizando, consigue decir estas pocas palabras: “¡Por los lazos de nuestro matrimonio, por los dioses del cielo y por los que son ahora los míos[69], por el bien que puedo haber merecido de ti, y por ese amor, causa de mi muerte, que aún ahora, mientras muero, perdura, te ruego, te suplico que no permitas que Brisa ocupe mi puesto en el tálamo!”. Así dijo, y entonces por fin comprendí, y le expliqué que se trataba de una confusión de nombre. ¿Pero de qué servía explicar? Desfallece, y sus pocas fuerzas se van junto con la sangre. Mientras todavía puede mirar algo, me mira a mí, y en mí, en mis labios, exhala su infeliz alma; pero parece morir segura, con un rostro más sereno».


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