Metamorfosis

Metamorfosis

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Por sexta vez surgían los cuernos de la luna creciente, y la suerte de la guerra aún estaba incierta, y la Victoria volaba sin cesar de un campo a otro con alas indecisas. La torre del rey estaba adosada a las sonoras murallas, en las que dicen que el hijo de Latona había apoyado su dorada lira: su sonido se había grabado en la piedra. Allí solía subir a menudo la hija de Niso y golpear con una piedrecita las resonantes rocas, cuando eran tiempos de paz; también durante la guerra solía observar desde ellas los combates del cruel Marte. Y ya, debido a la duración de la guerra, conocía incluso los nombres de los guerreros más ilustres, así como las armas, los caballos, los atuendos y las aljabas cidonias[2]. Conocía, sobre todo, el aspecto del caudillo hijo de Europa[3], incluso más de lo conveniente. A sus ojos, si Minos recubría su cabeza con un yelmo coronado de plumas, estaba guapo con casco; si embrazaba un refulgente escudo dorado, le sentaba bien llevar escudo; arrojaba la flexible lanza contrayendo los músculos de sus brazos: la doncella admiraba la destreza unida a la fuerza; plegaba el amplio arco tras colocar la flecha: juraba que así debía estar Febo cuando cogía sus saetas; y cuando descubría su rostro quitándose el casco de bronce, y vestido de púrpura montaba a lomos de un blanco caballo engalanado con una coloreada gualdrapa, aguantando su hocico espumoso, entonces a duras penas era dueña de sí, a duras penas la hija de Niso se mantenía en su sano juicio: feliz llamaba a la jabalina que él tocaba, felices a las riendas que apretaba en su mano. Siente el impulso, si sólo fuera posible, de cruzar con sus pasos de virgen las filas enemigas; siente el impulso de arrojar su cuerpo desde lo alto de la torre sobre el campamento de Cnoso, o de abrirle al enemigo las puertas de bronce, o de hacer cualquier otra cosa que Minos quiera.


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