Metamorfosis

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Así, mientras observaba sentada las cándidas tiendas del rey del Dicte[4], «no sé si alegrarme», dijo, «o dolerme de que se lleve a cabo esta triste guerra: me duele que Minos sea para mí, que le amo, un enemigo; pero ¿acaso habría llegado a conocerle de no haber guerra? Claro que, aceptándome a mí como rehén, podría poner fin a la contienda: ¡me tendría como compañera, como señal de paz! Si aquélla que te engendró, oh tú la más bella de las cosas, pues eso es lo que eres, fue igual a ti, con razón el dios se enamoró de ella. ¡Oh, tres veces feliz sería yo si sosteniéndome en el aire con unas alas pudiese posarme en el campamento del rey de Cnoso, y revelándole mi identidad y mi pasión pudiese preguntarle con qué dote estaría dispuesto a tomarme! Siempre que no me pidiese la fortaleza de mi padre…, ¡que se desvanezcan mis esperadas nupcias, antes de que me haga yo poderosa gracias a una traición! Aunque con frecuencia la clemencia de un vencedor indulgente ha hecho que para muchos sea provechoso ser vencidos. Justa es sin duda la guerra que combate por su hijo asesinado, fuerte es su causa y las armas que la defienden y, según creo, seremos vencidos. Pero entonces, si ése es el destino que le espera a la ciudad, ¿por qué ha de ser su ejército el que le abra estas murallas mías, y no mi amor? Mejor sería que pudiese vencer sin matanza, sin demora, y sin que se derrame su sangre. Así, por lo menos, no tendré que temer que alguien hiera tu pecho, oh Minos, desprevenidamente: pues ¿quién podría ser tan despiadado como para atreverse a arrojar contra ti, conscientemente, una lanza cruel? La idea me gusta, y estoy firmemente decidida a entregarme con mi patria como dote, y a poner fin a la guerra. Pero con quererlo no basta. Mi padre vigila los accesos y tiene las llaves de las puertas; sólo de él, desdichada de mí, tengo miedo, sólo él pone freno a mis deseos. ¡Ojalá hicieran los dioses que yo no tuviera padre! Aunque, en realidad, cada uno es dios de su propio éxito; la Fortuna rechaza los ruegos de los cobardes. Cualquier otra mujer que se abrasara en un deseo tan grande ya se habría alegrado de deshacerse de cualquier cosa que obstaculizara su amor. ¿Y por qué otra habría de ser más fuerte que yo? ¡Me atrevería a avanzar a hierro y fuego! Pero en esto no hacen falta ni fuegos ni espadas, lo que hace falta es el cabello de mi padre. ¡Ese cabello es para mí más precioso que el oro, esa púrpura me hará dichosa y me permitirá obtener lo que ansío!».


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