Metamorfosis

Metamorfosis

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El pequeño Ícaro estaba junto a él, y sin saber que manejaba su propio peligro ahora cazaba con rostro risueño las plumas que arrastraba la brisa inconstante, ahora ablandaba la cera con el pulgar, y con sus juegos estorbaba el prodigioso trabajo de su padre. Cuando hubo dado la última mano a su obra, el propio artífice elevó su cuerpo sirviéndose de dos alas, y batiéndolas permaneció suspendido en el aire. Aprontó unas también para su hijo, y le dijo: «Recuerda, Ícaro, has de moverte a una altura intermedia, para que la humedad no haga pesadas las plumas si vuelas demasiado bajo, y para que el sol no las abrase si vuelas demasiado alto. Mantente entre los dos. ¡Y te lo advierto, no te pongas a mirar a Bootes, o a la Hélice[14], o la espada que empuña Orión: sigue el camino por el que yo te conduciré!». Y mientras le imparte las instrucciones para volar acopla a sus hombros esas alas nunca vistas. Mientras trabajaba y daba consejos sus viejas mejillas se llenaron de lágrimas, y sus manos paternales empezaron a temblar. Dio a su hijo besos que no volvería a repetir, y elevándose sobre sus alas vuela delante y teme por su compañero, igual que un pájaro que hubiera hecho salir del alto nido a su tierna prole, y exhortándole a que le siga e instruyéndole en esa peligrosa arte, mueve sus propias alas y se vuelve a mirar las del niño.



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