Metamorfosis

Metamorfosis

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La ira alcanzó también a los dioses. «¡Pero, no toleraremos que quede impune, y podrán decir que me he visto privada de honores, pero no de venganza!», dice, y mandó a un jabalí a los campos de Eneo para que vengara su ofensa: no hay toros más grandes en el herboso Epiro, y también son más pequeños los de los campos de Sicilia. Sus ojos centellean inyectados en sangre, su cuello se yergue hirsuto, sus cerdas se erizan semejantes a rígidas astas, la espuma cae burbujeante por sus anchos miembros con ronco estridor, y sus dientes igualan a los de un elefante de la India; de su hocico sale el rayo, su aliento abrasa la hierba. Tan pronto pisotea los brotes de las mieses todavía verdes, como arrasa las plantas ya maduras, esperanza que llorarán los campesinos, a quienes quita el pan cuando aún es espiga. Inútilmente esperan las eras la prometida cosecha, inútilmente esperan los graneros; son tendidos al suelo los cargados racimos y los largos sarmientos, y junto con las ramas también los frutos del olivo siempre cubierto de hojas. También se ensaña con los rebaños: no hay perros ni pastores que puedan defender a las ovejas, ni fieros toros que puedan defender al ganado.





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