Metamorfosis
Metamorfosis Una fíbula de bruñido metal mordía el borde superior de su túnica, y su peinado era sencillo, recogido en un solo moño; de su hombro izquierdo colgaba tintineando una aljaba de marfil para las flechas, y también en la izquierda llevaba un arco. Tal era su atavío: de su aspecto, habrías podido decir que era virginal en un muchacho, masculino en una virgen. Tan pronto como la vio el héroe de Calidón la deseó, un fuego oculto le abrasó por dentro, contra la voluntad de los dioses, y exclamó: «¡Feliz aquél a quien ésta considere digno de ser su esposo!». Pero ni el tiempo ni el recato le permitieron decir más: una labor más importante, el gran enfrentamiento, apremiaba.
Una selva de espesa arboleda, que nunca había sido talada, empezaba en la llanura y dominaba los campos en declive.