Metamorfosis

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Ya había recorrido Hiperión[47] dos tercios del día, cuando Teseo y sus compañeros de fatiga se recostaron en los lechos para comer: a este lado tenía a Ixión, al otro a Lélex, el héroe de Trecén, con las sienes ya un poco canosas, y a todos los demás a los que el río de Acarnania, feliz de tener huéspedes tan importantes, había dignado con los mismos honores. Inmediatamente, ninfas con los pies desnudos cargaron de manjares las mesas ya preparadas, y una vez terminado el banquete sirvieron vino en copas adornadas con piedras preciosas. Entonces el gran héroe, mirando hacia el mar que se extendía ante sus ojos, preguntó: «¿Qué es ese lugar?», y lo señaló con el dedo: «Dinos cuál es el nombre de esa isla, aunque no parece que sea una sola». A lo que el río le contestó: «Lo que veis no es un todo único. Allí se extienden cinco tierras: es la distancia lo que impide ver la separación. Y para que no te sorprenda tanto la reacción que tuvo Diana al ser despreciada, te diré que ésas fueron náyades, que habiendo sacrificado diez novillos, tras invocar a los dioses del campo, celebraron sus danzas festivas sin acordarse de mí. Me hinché de ira, estaba como cuando arrastro el máximo volumen de agua, y con ímpetu desmesurado y desmesurado caudal arranqué bosques de los bosques y campos de los campos, e hice rodar hasta el mar a las ninfas, que por fin se acordaban de mí, junto con todo el lugar. Con mis olas y con las del mar separé un pedazo de tierra firme y la dividí en tantas partes cuantas son las Equínades[48], que ahora ves en medio del mar. Pero, como tú mismo puedes ver, más lejos hay otra isla que está más apartada, muy querida para mí: los marineros la llaman Perimele. A ésta, mi amada, yo le había robado la virginidad; su padre, Hipodamante, se disgustó enormemente, y arrojó a su hija a las profundidades desde un acantilado, para que muriera. Yo la recogí y la sostuve mientras nadaba, y dije: “¡Oh dios del tridente, tú que recibiste en suerte el reino de las aguas errantes próximo a la tierra, en el que desembocamos, hacia el que fluimos todos los ríos sagrados, asísteme, oh Neptuno, y escucha mi ruego con benevolencia! A ésta a la que llevo, yo la he perjudicado. Si su padre, Hipodamante, hubiese sido clemente y justo, si hubiese sido menos despiadado, habría debido compadecerse de ella y perdonarme a mí. Préstame tu ayuda, te lo suplico, y concédele un lugar a ésta que se está ahogando por la crueldad de su padre, o permítele que sea ella misma un lugar. A ese lugar yo lo abrazaré igualmente”. El rey de las aguas hizo un gesto con la cabeza, y al asentir agitó el mar entero. La ninfa se asustó, pero siguió nadando, y mientras nadaba yo tocaba su pecho que palpitaba tembloroso. Mientras la palpaba, sentí cómo todo su cuerpo se endurecía y cómo su pecho quedaba enterrado bajo una capa de tierra. Yo todavía estaba hablando cuando una tierra que antes no estaba envolvió su cuerpo mientras nadaba, y condensándose fue creciendo sobre sus miembros, convirtiéndolos en isla».


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