Metamorfosis
Metamorfosis »Pero no por eso el hijo de Tríopas[57] apartó de ella el hierro, y ordenó a sus siervos que talaran la encina sagrada. Al ver que vacilaban en cumplir sus órdenes, le quitó el hacha a uno de ellos y pronunció estas infames palabras: “¡Aunque fuera no ya querido para la diosa, sino la diosa misma, pronto tocará el suelo con su frondosa copa!”. Así habló, y mientras blandía el hacha lista para asestarle un golpe de costado, la encina de Deo[58] tembló y emitió un gemido, sus hojas empezaron a palidecer a la vez que las bellotas, y también las largas ramas perdieron su color. Cuando la sacrílega mano hirió el tronco de la corteza hendida manó sangre, de la misma manera que suele sangrar profusamente la garganta de un poderoso toro cuando cae sacrificado ante el altar. Todos se quedaron pasmados, y uno de ellos se atrevió a oponerse al sacrilegio y a sujetar el hacha cruel. El Tesalio[59] le miró y dijo: “¡Toma la recompensa por tu religiosidad!”, y dejando en paz el árbol dirigió el arma contra el hombre y le cortó la cabeza. Y había vuelto a dirigir sus golpes contra la encina cuando del árbol salieron estas palabras: “Yo, ninfa predilecta de Ceres, estoy bajo este tronco, y en mi agonía te vaticino que el castigo por tus actos es inminente, cosa que me consuela en mi muerte”. Él sigue adelante con su maldad; por fin, quebrantado por numerosos golpes y arrastrado por cuerdas, el árbol se derrumba, aplastando bajo su peso una gran parte del bosque. Las Dríades, todas hermanas, atónitas ante el daño que suponía para el bosque y para ellas mismas, se visten de negro y se dirigen a Ceres con sus lamentos, y le piden que castigue a Erisicton. Ella asintió a sus súplicas, y con un gesto de su cabeza, bellísima, sacudió los campos cargados de mieses maduras; meditó una clase de castigo que habría podido despertar compasión, si no fuera porque él, con sus actos, se había hecho indigno de compasión alguna: atormentarlo con la funesta Hambre. Pero puesto que ella no puede ir en persona, pues los hados prohíben que Ceres y el Hambre se encuentren, se dirige a una divinidad de los montes, una agreste oréada[60], con estas palabras: “Hay en los extremos confines de Escitia un lugar helado, una tierra triste, estéril, sin mieses y sin árboles. Allí habitan el Frío perezoso, la Palidez, el Temblor y el Hambre descarnada: ordénale a ésta que se oculte en las despiadadas entrañas del sacrílego Erisicton, y que no se deje vencer por la abundancia de los alimentos, que sea ella la vencedora cuando se enfrente a mis fuerzas. Y no te asustes del largo camino: toma mi carro, toma los dragones a los que con las riendas guiarás por las alturas”.