Metamorfosis
Metamorfosis »Y se los dio. La oréala, transportada a través del cielo por el carro que le habían entregado, descendió sobre Escitia, y en la cumbre de una montaña helada, a la que llaman Cáucaso, alivió de la tensión de las riendas los cuellos de los dragones. En un campo pedregoso vio a la que buscaba, al Hambre, que con uñas y dientes arrancaba las escasas briznas de hierba. Tenía el cabello hirsuto, los ojos hundidos y el rostro mortecino, los labios blancos de mugre, las fauces ásperas de sarna, y una piel apergaminada a través de la cual podían verse las vísceras. Los huesos despuntaban enjutos en su espalda encorvada, en lugar del vientre estaba el hueco del vientre, y del tórax habrías dicho que colgaba, sujeto tan sólo por las vértebras de la espina dorsal. La demacración resaltaba las articulaciones, las rótulas de las rodillas sobresalían como hinchazones, y los tobillos se marcaban como desmedidas protuberancias. Al verla, le refirió desde lejos, pues no se atrevió a aproximarse, las órdenes de la diosa, y tras breves instantes, aunque se había mantenido alejada, aunque hacía muy poco que había llegado allí, le pareció que sentía hambre: hizo dar media vuelta a los dragones, y remontando el vuelo volvió las riendas hacia Hemonia.