Metamorfosis

Metamorfosis

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»Mientras yo digo estas cosas, ya hace rato que él me observa con torva mirada, a duras penas puede dominar su ardiente ira, y me responde sencillamente con estas palabras: “Mi diestra es mejor que mi lengua: ¡vence si quieres con las palabras, mientras sea yo quien venza en la lucha!”, y, furioso, se abalanza sobre mí. Me dio vergüenza ceder, después de haber hablado con tanta soberbia: me despojé de mi verde vestidura y puse los brazos en guardia ante mí, con las palmas enfrentadas a la altura del pecho, y me preparé para el combate. Él cogió entre sus manos un puñado de polvo y me lo tiró encima, y luego a su vez quedó teñido de amarillo, recubierto de rubia arena. Y ya me aferra, o así lo creerías, por el cuello o por las piernas que saltan de un lado a otro, y me hostiga por todas partes. A mí me defendía mi solidez, y sus ataques eran vanos, igual que una roca contra la que se estrellan las olas con gran estruendo: aquélla permanece donde está, protegida por su propio peso. Nos separamos por un momento y de nuevo nos abrazamos en la lucha, y aguantamos firmes, decididos a no ceder ni un paso, pie frente a pie; yo, inclinado hacia adelante, empujaba con todo mi pecho, dedos contra dedos, frente contra frente. De igual forma he visto enfrentarse a los fuertes toros cuando el premio de la lucha es la hembra más hermosa de toda la dehesa: el resto del rebaño observa temeroso, sin saber cuál de los dos obtendrá la victoria y la autoridad. Tres veces intentó el Alcida, inútilmente, apartar de sí mi pecho que empujaba con ahínco, pero la cuarta vez se liberó de mi opresión, deshizo la tenaza de mis brazos y con un golpe de su mano (estoy decidido a contar la verdad) me apartó y se colgó con todo su peso de mi espalda. Si he de ser sincero (y no estoy buscando ahora la gloria con una mentira), me parecía que me aplastaba el peso de una montaña. Sin embargo, con gran esfuerzo conseguí introducir por medio los brazos que chorreaban sudor, y con gran esfuerzo pude liberar mi cuerpo del nudo que me atenazaba; él, mientras tanto, no me da tregua mientras yo jadeo, me impide recuperar las fuerzas y me agarra por la nuca. Entonces, por fin, mi rodilla se dobló en tierra, y mi rostro mordió el polvo.


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