Metamorfosis
Metamorfosis Pasó un largo espacio de tiempo, y las hazañas del gran Hércules colmaron las tierras y el odio de su madrastra. Regresaba vencedor de Ecalia[13] y se disponía a ofrecer un sacrificio a Júpiter Ceneo[14], cuando la fama locuaz que disfruta añadiendo falsedades a la verdad y que, partiendo de una insignificancia, va creciendo gracias a las mentiras, se adelantó a él e hizo llegar a tus oídos, oh Deyanira, que el Anfitrioníada[15] estaba prendado apasionadamente de Iole. Ella, enamorada, lo creyó, y acongojada por la noticia de ese nuevo amor primero se entregó al llanto y, desesperada, dio rienda suelta a su dolor. Pero luego dijo: «Pero ¿por qué estoy llorando? ¡Estas lágrimas no harán sino alegrar a mi rival! Puesto que está a punto de llegar, tengo que apresurarme y planear algo mientras todavía es posible y no hay otra ocupando mi tálamo. ¿Es mejor que me lamente o que guarde silencio? ¿Regreso a Calidón o me quedo? ¿O debería salir de la casa y, si no hay fuerzas mayores, impedirle el paso? ¿Y si, por el contrario, recordando que soy tu hermana, oh Meleagro, preparo un crimen despiadado, y les demuestro hasta dónde puede llegar una mujer adolorada y ofendida, decapitando a esa adúltera?». Su ánimo vacila entre impulsos contrarios. Por fin, de todos ellos predomina el de enviar a Hércules la túnica empapada en la sangre de Neso, para que vuelva a fortalecer el amor debilitado. Y sin saber que le está entregando su propia desgracia, se la entrega a Licas, que ignora qué es lo que lleva, y, tristísima, le ordena con dulces palabras que se la lleve a su esposo.