Metamorfosis

Metamorfosis

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El héroe la toma, desprevenido, y reviste sus hombros con el veneno del monstruo de Lerna. Estaba rezando y echando incienso en los fuegos recién encendidos, y con una copa vertía vino sobre el altar: la fuerza del veneno empezó a templarse, y deshaciéndose al calor de las llamas se licuó, extendiéndose por todo el cuerpo de Hércules. Mientras pudo, reprimió los gemidos con el valor que le caracterizaba: luego, cuando el mal venció su capacidad de aguante, llenó con sus gritos el boscoso Eta[16]. Al punto intenta desgarrar la mortal túnica: allí donde la arranca, ésta arranca también la piel y, me horroriza decirlo, o bien se adhiere a los miembros cuando en vano intenta despegarla, o bien deja al descubierto la carne desgarrada y los grandes huesos. La misma sangre crepita con estridor, como cuando se sumerge una plancha incandescente en una cuba de agua helada, y hierve a contacto con el ardiente veneno. Y no termina aquí: llamas voraces consumen sus entrañas, un sudor azulado fluye por todo su cuerpo, los músculos chasquean abrasados, y con la médula deshecha por la oculta ponzoña, exclama tendiendo los brazos hacia las estrellas: «¡Aliméntate de mi desgracia, hija de Saturno[17]! ¡Aliméntate, y desde las alturas observa, cruel, este azote, y sacia tu corazón despiadado! ¡Pero si puedes apiadarte de un enemigo, esto es, si puedes apiadarte de mí, arráncame esta alma mortificada por crueles tormentos, odiosa y nacida sólo para la fatiga! La muerte será para mí un regalo: propio es de una madrastra conceder esta clase de dones. Así pues, ¿fui yo quien subyugó a Busiris, que mancillaba los templos con sangre de extranjeros[18]? ¿Yo le quité al cruel Anteo las fuerzas que le venían de su madre? ¿Yo no me dejé impresionar por la triple forma del pastor ibero, ni por tu triple forma, Cérbero? ¿Fuisteis vosotras, manos, las que clavasteis en el suelo los cuernos del bravo toro? ¿Vuestro fue el servicio que recibieron la Élide, las aguas del Estínfalo y el bosque del Partenio? ¿Vuestro el valor con el que fue recuperado el tahalí cincelado en oro del Termodonte y los frutos custodiados por el dragón insomne? ¿A mí no se me pudieron resistir los centauros ni el jabalí que devastaba Arcadia? ¿Por mi causa de nada le sirvió a la Hidra volver a crecer a cada corte, retomando fuerzas duplicadas? ¿Y qué hay de cuando vi los caballos de Tracia engordados con sangre humana y los pesebres repletos de cuerpos lacerados, y tras verlos los destruí y maté a los caballos y a su dueño? Ahogada por estos brazos yace la mole del león de Nemea, con esta nuca sostuve el peso del cielo. La cruel esposa de Júpiter se cansó de darme órdenes: ¡yo nunca me cansé de obedecerlas! Pero ahora se trata de una nueva calamidad, a la que no se puede hacer frente ni con la fuerza ni con armas de ataque o de defensa; un fuego devorador penetra hasta el fondo de mis pulmones y va consumiendo todos mis miembros. ¡En cambio, Euristeo[19] se encuentra sano! ¿Y todavía hay alguien que pueda creer en los dioses?».


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