Metamorfosis

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Y las llamas, extendidas ya por todas partes, resonaban vigorosas y subían hacia los plácidos miembros de él, que las afrontaba sin miedo. Los dioses temieron por el vengador de la tierra. Entonces Júpiter, hijo de Saturno, que lo había notado, con semblante feliz les habló en estos términos: «Este temor vuestro es para mí motivo de alegría, oh dioses, y feliz me congratulo con todo mi corazón, por ser llamado rector y padre de una estirpe agradecida, y porque a mi progenie la protege también vuestra benevolencia. Y aunque él mismo se la ha ganado con sus excelsas hazañas, yo me siento igualmente obligado. ¡Pero que vuestros fieles corazones no sean presa de un vano temor: reíros de esas llamas! Aquél que todo lo vence vencerá también a las llamas que estáis viendo, y no sentirá el poder de Vulcano más que en la parte que heredó de su madre: lo que heredó de mí es eterno, es inmune y no conoce la muerte, y no puede ser vencido por fuego alguno. A esa parte, una vez que haya puesto fin a su cometido en la tierra, yo la recibiré en las regiones del cielo, y confío en que mi decisión sea motivo de dicha para todos los dioses. Si alguien, no obstante, si alguien, por casualidad, se doliese de que Hércules sea un dios, y no estuviera de acuerdo con el premio que le ha sido concedido, tendría que reconocer en cualquier caso que se lo ha merecido, y debería aprobarlo aun en contra de su voluntad». Los dioses asintieron; también la esposa de Júpiter pareció aceptar lo demás sin dureza en el rostro, pero las últimas palabras las recibió con el semblante tenso, y se dolió al sentirse aludida.


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