Metamorfosis
Metamorfosis »Hay un lago de orillas escarpadas que forma una playa en declive: la parte más alta está coronada de plantas de mirto. Dríope se había dirigido allí, ignorando su destino, y para que tu indignación sea aún mayor, iba a llevarles guirnaldas a las Ninfas; llevaba en brazos a su niño, dulce carga, que aún no había cumplido un año, y lo alimentaba con tibia leche. No lejos del estanque florecía, imitando los tonos de la púrpura de Tiro, un acuático loto, que tenía los brotes de futuras bayas. Dríope arrancó de él unas flores que le iba a dar al niño para que jugara, y yo me disponía a hacer lo mismo (pues yo también estaba allí); entonces vi que de las flores caían gotas de sangre, y que un temblor sacudía las ramas. Resulta que, como cuentan ahora los torpes campesinos, demasiado tarde ya, la ninfa Lotis, huyendo de las obscenas intenciones de Príapo[29], se había convertido en esa planta, transformando su aspecto pero conservando su nombre. Mi hermana no sabía esto; cuando quería volver sobre sus pasos, aterrorizada, y alejarse de las Ninfas a las que había adorado, sus pies se quedaron clavados en el suelo por medio de unas raíces. Ella lucha por desarraigarlos, pero no consigue mover más que la parte superior de su cuerpo. Una fina corteza va creciendo desde abajo, y poco a poco envuelve sus ingles. Al verlo, intenta tirarse de los cabellos con la mano, y la mano se llena de hojas: hojas cubrían toda su cabeza. Mientras tanto, el niño, Anfiso (pues éste era el nombre que le había dado su abuelo Eurito), siente endurecerse los pechos de su madre, y el lácteo líquido deja de salir aunque él sigue mamando. Yo presenciaba tu destino cruel, pero no podía ayudarte de ninguna manera, hermana, y abrazada a ti intentaba detener con todas mis fuerzas el avance del tronco y de las ramas, y te aseguro que habría querido meterme bajo esa misma corteza. He aquí que llegan Andremón y nuestro desdichadísimo padre, y buscan a Dríope; mientras la buscan yo les muestro la planta de loto. Llenan de besos la madera aún caliente, y estrechan el amado árbol abrazándose a sus raíces. Ya no tenías nada que no fuera árbol más que el rostro, querida hermana: las lágrimas bañan las hojas nacidas del desdichado cuerpo, y mientras aún es posible y la boca permite pasar a las palabras, Dríope difunde en el aire estos lamentos: “Si a los infelices se nos debe algún crédito, juro por los dioses que yo no he merecido esta desgracia; sufro esta pena sin haber cometido ninguna culpa. He vivido sin causar daño: si miento, que me seque y pierda estas hojas que tengo, que me corten con un hacha y me echen al fuego. Pero quitad a este niño de las ramas de su madre y entregádselo a una nodriza, haced que beba su leche con frecuencia bajo mi árbol, y que bajo mi árbol juegue. Y cuando pueda hablar, haced que salude a su madre, y que diga con tristeza: ‘En este tronco se oculta mi madre’. Pero que no se atreva a acercarse a los estanques, que no coja flores de los árboles, y que crea que todos los arbustos son cuerpos de diosas. ¡Adiós, amado esposo, y tú, hermana, y tú, padre! Si sentís piedad de mí, defended mis ramas de los cortes de la hoz afilada y de los mordiscos de los rebaños. Y puesto que yo no puedo agacharme, levantaos vosotros y acercaos a recibir mis besos mientras todavía soy sensible, y tomad en vuestros brazos a mi hijito. No puedo hablar más. Una tenue membrana sube ya por mi blanco cuello, y me recubre una alta copa. Apartad vuestras manos de mis ojos: dejad que sea esta corteza que me reviste, y no vuestro piadoso gesto, la que cierre mis ojos que se apagan”. Su boca dejó a la vez de hablar y de existir. Y durante mucho tiempo todavía, las ramas recién nacidas conservaron el calor del cuerpo transformado».