Metamorfosis
Metamorfosis Tú palideces, oh Biblis, al saberte rechazada, y tu cuerpo está sobrecogido, invadido por un frÃo glacial. Pero luego, en cuanto la mente volvió en sà volvió también la agitación, y su lengua, haciendo vibrar el aire con esfuerzo, pronunció las siguientes palabras: «¡Y me lo merezco! Pues ¿por qué, temeraria, he descubierto esta herida? ¿Por qué he confiado a una apresurada carta, de forma tan precipitada, palabras que habrÃan debido permanecer ocultas? Antes habrÃa debido sondear su ánimo con frases ambiguas. Para no arriesgarme a que no secundara mi propósito, tenÃa que haber probado con una cualquiera de las velas cómo era la brisa, y haber navegado sólo por un mar en calma, mientras que ahora he dejado que vientos desconocidos hinchen los lienzos. De forma que ahora soy arrastrada contra los escollos y me hundo arrollada por el océano entero, y mi barco no puede volver atrás. Y además, ¿acaso no se me prohibió con un presagio inconfundible que me abandonara a mi amor, aquella vez que las tablillas se me cayeron mientras yo daba orden de que las llevasen, indicando que también caerÃan mis esperanzas? ¿Acaso no tenÃa que haber cambiado entonces de dÃa o incluso de planes? Aunque mejor sólo de dÃa. El dios mismo me advertÃa y me mandaba indicios evidentes, si yo no hubiera estado fuera de mi sano juicio. Y de todas formas, tenÃa que haberle hablado yo misma en vez de confiarme a la cera, y haberle revelado la furiosa pasión que me domina. HabrÃa visto las lágrimas, habrÃa visto los ojos de una enamorada; podÃa haberle dicho más de lo que cupo en las tablillas. PodrÃa haber rodeado su cuello con mis brazos, aun contra su voluntad, y si él me hubiese apartado habrÃa podido fingirme moribunda y, abrazando sus pies, suplicarle tendida en el suelo que me diese la vida. Lo habrÃa intentado todo, y si una sola cosa no podÃa doblegar su mente inflexible, tal vez todas juntas sà habrÃan podido. Y tal vez también tenga parte de culpa el criado que envié: no se le acercó de forma idónea, y creo que tampoco eligió el momento oportuno ni buscó una hora en que su ánimo estuviese libre de otros pensamientos. Eso es lo que me ha perjudicado; en efecto, él no es hijo de una tigresa, no tiene el corazón de dura piedra, de sólido hierro, o de metal, ni fue amamantado por una leona. ¡Será vencido! Volveré a atacar, y no me cansaré de intentarlo mientras me quede un soplo de vida. En efecto, lo primero, si fuera posible revocar mis actos, habrÃa sido no empezar; lo segundo es llevar a término lo empezado. Pues, sin duda, aunque yo renunciara ahora mismo a mis deseos, él ya no podrÃa olvidar mi atrevimiento, y al desistir parecerÃa que fue un deseo superficial, o que quise tentarle y tenderle una insidia. O creerá sin duda que fui vencida, no por este dios poderosÃsimo que atormenta y abrasa mi corazón, sino por la lujuria. Y por último, ya no puedo pretender que no he cometido nada vergonzoso: le escribà y le busqué; mi voluntad está mancillada: aunque no añadiera nada más, no se me puede considerar inocente. Falta mucho con relación a mis deseos, pero poco en lo que respecta al crimen».