Metamorfosis
Metamorfosis En las tablillas, ya repletas, a la mano que en vano trazaba en surcos tales palabras le vino a faltar espacio, y el último verso lo escribió pegado contra el margen. Luego firmó su pecado grabando la piedra de su sello, que humedeció con sus lágrimas, pues su lengua estaba seca, y llena de pudor llamó a uno de sus sirvientes. Con tono amable, pues estaba asustado, le dijo: «Llévaselas, lealísimo servidor, a mi…», y tras largos instantes añadió «hermano». Cuando se las estaba entregando, las tablillas resbalaron de sus manos y cayeron al suelo; el presagio la turbó, pero a pesar de eso las envió.
Tras buscar el momento oportuno, el criado se acercó a Cauno y le entregó el mensaje oculto. Atónito, el joven nieto del Meandro arrojó en un ataque de ira las tablillas que acababa de recibir en sus manos, y sin ni siquiera acabar de leerlas, conteniéndose a duras penas para no abofetear al asustado mensajero, exclamó: «¡Huye mientras puedas, pérfido mediador de una lujuria ilícita, pues, si tu ruina no comprometiera mi reputación, me pagarías tus culpas con la muerte!». Aquél huye aterrado y refiere a su dueña las feroces palabras de Cauno.