Metamorfosis
Metamorfosis La idea le gusta, y esta decisión prevalece en su mente confusa. Se incorpora sobre el costado, y apoyándose en el codo izquierdo, dice: «Él verá: le confesaré mi insano amor. ¡Ay de mí! ¿Dónde estoy cayendo? ¿Qué fuego ha concebido mi mente?». Y con mano temblorosa se pone a escribir, meditando las palabras; con la mano derecha sujeta el estilo, con la otra la cera aún vacía. Empieza, y duda; escribe, y tacha lo que ha escrito en las tablillas; anota, y vuelve a borrar; lo cambia, no le gusta, sí le gusta, y una y otra vez las coge y las deja, las deja y las vuelve a coger. Lo que quiere lo ignora, lo que va a hacer no le gusta, y en su rostro se mezclan el arrojo y la vergüenza. Había escrito «hermana»: decide borrar «hermana» y en la cera nuevamente aplanada incide las siguientes palabras: «La salud que ella nunca tendrá si tú no se la das, te la desea una que te ama. ¡Me da vergüenza, sí, me da vergüenza revelarte mi nombre! Y si quieres saber qué es lo que deseo, me gustaría poder defender mi causa sin tener que decir mi nombre, y que no se supiera que soy Biblis antes de que la esperanza de ver cumplidos mis deseos se hubiese hecho realidad. En verdad, podías haber encontrado un indicio de que mi corazón sufría en mi palidez, mi delgadez, mi mirada, mis ojos muchas veces húmedos, los suspiros que exhalaba sin causa aparente, los muchos abrazos y los besos que (tal vez lo notaste) se podía ver que no eran los de una hermana. Yo misma, sin embargo, aunque tenía en el alma una profunda herida, aunque dentro de mí ardía un fuego impetuoso, hice todo lo posible (los dioses son mis testigos) por recuperar al fin la cordura. Mucho tiempo he luchado, atormentada, por huir de las violentas armas de Cupido, y he soportado con entereza más de lo que creerías que puede soportar una muchacha. Me veo obligada a reconocer que estoy vencida y a suplicar, con tímidas esperanzas, que me ayudes: ¡sólo tú puedes salvar a la que te ama, sólo tú puedes destruirla! Elige, cuál de las dos cosas vas a hacer. No es una enemiga la que te suplica, sino una que, aunque ya está muy unida a ti, desea estarlo aún más y ligarse a ti con un vínculo aún más estrecho. Dejemos que los viejos estudien el derecho, que examinen qué cosas están permitidas, qué es lo lícito y lo ilícito, y que respeten los enjambres de leyes: lo adecuado a nuestra edad es un amor temerario. Todavía no sabemos qué es lo lícito, creemos que todo está permitido, y seguimos el ejemplo de los grandes dioses. Y ni la severidad de nuestro padre, ni el cuidado por nuestra reputación, ni el miedo podrán detenernos. ¡Y aunque haya razones para temer! Esconderemos nuestros dulces encuentros bajo nuestra condición, de hermanos; yo soy libre de hablar contigo en secreto, y ya ahora nos abrazamos y nos damos besos en público. ¿Cuánto puede ser lo que falta? Compadécete de ésta que te confiesa su amor, y que no te lo confesaría si no la obligase la pasión más extrema; no hagas que en mi lápida tengan que escribir que fuiste tú la causa de mi muerte».