Metamorfosis

Metamorfosis

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Hay un bosque en Hemonia[54] rodeado por todas partes por una selva escarpada: lo llaman Tempe. Por allí el Peneo, nacido en las laderas del Pindo, fluye con aguas espumeantes, y cayendo pesadamente genera nieblas que se agitan en tenues volutas, salpica de fina lluvia las cimas de los árboles y ensordece con su fragor algo más que los alrededores. Ésta es la morada, la sede, el santuario del gran río, en donde, sentado en una cueva excavada en la roca, Peneo impartía sus dictados a las aguas y a las ninfas que las habitan. Allí se congregaron en primer lugar, sin saber si debían congratular o compadecer al padre de Dafne, los ríos de la región: el Esperquío, de orillas pobladas de álamos; el inquieto Enipeo, el viejo Apídano, el tranquilo Anfriso y el Eante, y después todos los demás ríos que, allí por donde los arrastra su ímpetu, conducen hasta el mar sus corrientes fatigadas por el tortuoso camino.

Tan sólo falta el Ínaco que, retirado en lo más profundo de su cueva, acrece con sus lágrimas el caudal de sus aguas y llora la pérdida de su hija Io; no sabe si está viva o si se encuentra entre los muertos, pero al no encontrarla en ningún sitio piensa que no está en ninguna parte, y en su corazón teme lo peor.



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