Metamorfosis
Metamorfosis Júpiter la había visto cuando regresaba desde el río de su padre, y le había dicho: «Oh virgen digna de Júpiter, que harás dichoso con tus nupcias a no sé qué mortal, busca la sombra de aquellos profundos bosques (y le había mostrado las sombras de los bosques) ahora que el calor aprieta y el Sol se encuentra en su punto más alto, en mitad de su recorrido. Y si acaso temes encaminarte tú sola entre las guaridas de las fieras, piensa que cuando penetres en los lugares recónditos del bosque estarás a salvo, protegida por un dios; y no un dios plebeyo, sino yo, que llevo en mi poderosa mano el cetro el cielo y arrojo los errantes rayos. ¡No huyas de mí!». En efecto, ella huía. Y ya había dejado atrás los pastos de Lema[55] y los campos del Lirceo[56] plantados de árboles, cuando el dios, extendiendo un vasto manto de niebla que recubrió la región, puso fin a su fuga y le robó la virginidad.