Metamorfosis
Metamorfosis Se encontraba entre esta multitud también el ciprés, que semeja un cono: ahora es un árbol, pero antes fue un muchacho, al que amó el dios que tensa las cuerdas de la cítara y del arco[12]. En efecto, había un gran ciervo sagrado para las ninfas que habitan los campos de Cartea[13], que con su amplia cornamenta se hacía a sí mismo espesa sombra. Sus cuernos brillaban cubiertos de oro, y de su cuello torneado pendían collares de gemas que caían sobre sus patas; sobre su frente colgaba una bola de plata sujeta por una fina cinta, y a ambos lados de sus cóncavas sienes brillaban dos perlas doradas que llevaba desde su nacimiento. Sin ningún miedo, abandonada su natural timidez, solía frecuentar las casas y ofrecer su cuello a las caricias, aunque se tratara de manos desconocidas. Pero más que para cualquier otro, era querido para ti, Cipariso, el más bello del pueblo de Ceos. Tú conducías al ciervo a nuevos pastos, tú le llevabas a fuentes cristalinas, y unas veces entretejías en sus cuernos flores de colores, y otras, montado en su grupa como un jinete, lo guiabas dichoso de aquí para allá, frenando su tierna boca con riendas de púrpura.