Metamorfosis
Metamorfosis Había llegado el día de la fiesta de Venus, la más celebrada en toda Chipre. Las novillas de amplios cuernos vendados de oro habían caído golpeadas en la blanca cerviz y el incienso desprendía volutas de humo, cuando Pigmalión, tras cumplir los ritos obligados, se paró ante el altar y tímidamente: «Oh dioses, si todo lo podéis conceder, deseo que sea mi esposa», y sin atreverse a decir «la muchacha de marfil», dijo «una parecida a la mía de marfil». Venus, que asistía en persona a su fiesta, entendió cuál era el significado de esos ruegos, y en señal de la benevolencia de su divinidad, una llama se encendió tres veces y elevé su punta por el aire. Cuando regresó fue a buscar la estatua de su amada muchacha, y reclinándose sobre el lecho la besó: le pareció que estaba tibia. Vuelve a acercar sus labios, y con las manos le palpa también el pecho: al tocarlo el marfil se ablanda, y perdiendo su rigidez se hunde y cede bajo los dedos; de igual forma la cera del Himeto se reblandece al sol, y cuando es trabajada con el pulgar se moldea tomando muchas formas distintas, y el propio trato la hace más tratable. Mientras se asombra y se alegra tímidamente, temeroso de que no sea cierto, una y otra vez vuelve a tocar el enamorado el objeto de su deseo: ¡es un cuerpo! Las venas palpitan bajo la presión del pulgar. Entonces sí que el héroe de Pafos[25] pronunció sonoras palabras para dar gracias a Venus, y por fin su boca ya no besó una boca falsa. La virgen sintió los besos que le daba y se sonrojo, y alzando hacia sus ojos y hacia la luz su tímida mirada, a la vez vio el cielo y a su amante. La diosa estuvo presente en la boda que ella misma había hecho posible. Cuando los cuernos de la luna habían completado nueve veces el disco, ella dio a luz a Pafos, de quien la isla recibe su nombre.