Metamorfosis
Metamorfosis Nobles de todos los países te desean, toda la juventud de Oriente viene a competir por tu mano. De entre todos elige a uno como tu esposo, oh Mirra; ¡pero siempre que no se halle entre ellos uno en concreto! Ella misma se da cuenta y rechaza ese amor impuro, y se dice: «¿Adónde me arrastran mis pensamientos? ¿Qué es lo que estoy tramando? ¡Oh dioses, oh respeto filial y vínculos sagrados de los padres, impedid esta monstruosidad, detened esta iniquidad que deseo cometer!… Si es que realmente es una iniquidad. En efecto, nadie dice que el respeto por los padres condene esta clase de amor, y los demás animales se unen sin establecer diferencias, y no se considera un pecado que la novilla sea montada por su padre. El caballo convierte a su hija en su esposa, el macho cabrío se une a las cabras que él mismo ha procreado, y el ave concibe de aquél de cuyo semen fue concebida. ¡Dichosos aquéllos a quienes estas cosas les están permitidas! Los escrúpulos humanos promulgaron leyes malvadas, y lo que la naturaleza permite lo prohíben unas normas odiosas. Sin embargo, hay pueblos en los que dicen que la madre se une al hijo y la hija al padre, y el afecto se fortalece con este doble amor. ¡Infeliz de mí!, ¿por qué no he nacido allí, por qué me veo perjudicada por este lugar? Pero ¿por qué le doy vueltas a estas cosas? ¡Aléjate de mí, esperanza prohibida! Él es digno de ser amado, sí, pero como padre. Así que si no fuera hija del gran Cíniras podría yacer con Cíniras, pero precisamente por ser tan mío no puede ser mío, y la misma proximidad me perjudica; tendría más posibilidades si fuese de otro. Me gustaría irme lejos de aquí y abandonar los confines de mi patria, para huir de la impiedad. Pero un funesto ardor me retiene aquí, enamorada, para poder ver a Cíniras, y tocarle, hablarle, besarle, si es que nada más se me concede. Pues ¿qué otra cosa podrías esperar, virgen impía? ¿No te das cuenta de cuántos vínculos y nombres ibas a alterar? ¿Acaso no serías la rival de tu madre y la concubina de tu padre? ¿No deberían llamarte hermana de tus hijos y madre de tus hermanos? ¿Y no tienes miedo de las hermanas de cabellera de negras serpientes, que se aparecen ante quienes tienen un corazón culpable, persiguiendo con crueles antorchas los ojos y el rostro[28]? ¡Por tanto, mientras todavía no has padecido la impiedad en tu cuerpo no la concibas tampoco en tu mente, y no mancilles con un coito prohibido las leyes de la poderosa naturaleza! Y suponiendo que quisieras hacerlo, la misma realidad te lo impide: él es un hombre justo que respeta las costumbres. ¡Oh, cómo quisiera que también él sintiera el mismo furor!».